14 may. 2026

Cuando la fe simboliza omnipresencia

Al ex jugador de la Academia se le diagnosticó VIH en 2005, pero es un verdadero paradigma de cómo enfrentar la vida en situaciones adversas.

Por Héctor Latorre

hlatorre@uhora.com.py

Es un mal que no discrimina raza, sexo ni clase social o económica. El VIH ataca por igual a todos. En nuestro país son excepcionales los casos que se dan a conocer, y más aún con el consentimiento del afectado. Para acceder a esta entrevista, el protagonista de la historia no titubeó en dar a conocer su testimonio.

¿Cómo había sido? Esta fue la pregunta que se nos ocurrió cuando tuvimos enfrente a Édgar Lacarruba, quien actualmente cuenta con 38 años y un optimismo en la vida que no tiene dimensiones.

Sí, es el mismo Lacarruba que con su zurda mágica deleitaba, en las tardes de domingo en Barrio Obrero, a los seguidores de Nacional, el club de sus amores. Debutó a los 19 años, en 1992, de la mano de Éver Hugo Almeida, con la casaca tricolor. Sin embargo, antes de llegar a la división principal, fue convocado para integrar los seleccionados nacionales Sub 16 y Sub 20.

“No me avergüenza contar mi historia. Hace cinco años que me diagnosticaron el VIH”, dijo, rompiendo el silencio.

Observó a su alrededor, suspiró profundo, miró para arriba y expresó: “Vida eterna tengo yo hermano. Es eso lo que se puede deducir”.

Abordar el tema del VIH no es fácil, porque marca un antes y un después. Empero, con la serenidad de un convencido creyente, Édgar admitió que “gracias a Dios nunca sentí ninguna discriminación, pero dicen que hay. No obstante, tengo que ser sincero; conmigo aún no ocurrió. Yo cuento mi testimonio, porque me curé del VIH-Sida”.

Con un aspecto saludable, que denota fuerza, y una figura atlética envidiable, como en su mejor momento futbolístico, nuestro entrevistado afirmó claramente: “Dicen que es una enfermedad incurable, pero Dios me dejó vivir para algo; para serle útil a mis semejantes. Llegué a tener 550.000 virus (sic). Salí adelante con la ayuda del Todopoderoso”.

UNA BENDICIÓN. Quién no se acuerda de esa habilidad con el balón; cuando lo ubicaba en el ángulo a través de los tiros libres o los disparos de media distancia. Muchos de los que, partido a partido, siguen a Nacional en la actualidad, lo tendrán aún en la retina al chiquilín Lacarruba, quien con fe supo sobrellevar lo que pudo haber sido un vuelco inesperado en su vida, cuando un análisis de sangre reveló que tenía el virus de la inmunodeficiencia humana.

“Felizmente, vivo tranquilo. Cuento mi testimonio a los niños, adultos y a todos, porque lo que digo es una verdad. Ahora me dedico a crear jugadores para Cristo”, sostuvo el ex dueño de la camiseta número 10 de la Academia.

Sin pestañear, y con un espíritu ganador, remarcó que “todos los días estoy con los enfermos. Oro por ellos y trato de acercarles a Dios. Incluso, hay testimonios de sanación a través de mi oración, en las personas. Eso es una bendición de Dios”.

Agregó que “estoy más que seguro que soy un bendecido por Dios, y le estoy muy agradecido por la nueva oportunidad que me dio”.

También reconoció que “lo que hace Dios conmigo es algo que no se puede explicar a través de la palabra. En Jeremías 33 dice: ?Clama a mí y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces’”.

RECOMENDACIÓN. El ex jugador nacionalófilo hizo énfasis en la necesidad de tomar precauciones, para evitar el contagio de la enfermedad, sobre todo en los chicos. “La recomendación es que se cuiden los chicos, adolescentes y, por qué no, los adultos. Que usen preservativos. Es la única manera de prevenirse. No cualquiera quiere utilizarlo, y yo tampoco quise hacerlo en su momento”. Resaltó que “felizmente, vivo para contar la historia, y así es que conocí al Cristo vivo, como suelo decir en mis charlas. Yo le tengo conmigo al Cristo que resucitó”.

Clarificó que “para mí, es un estímulo contar las cosas que me pasaron, porque gracias a eso lo conocí a Cristo.

Ni se me pasó por la mente llegar a ser profesor, y con sacrificio terminé la carrera de técnico”.

El protagonista de esta historia es técnico recibido, y hoy trabaja en las inferiores del Club Fernando de la Mora. Además, predica la palabra de Dios.

ENCONTRÓ FORTALEZA EN LA FAMILIA Y LOS AMIGOS

Desde el momento en que el diagnóstico tuvo un resultado desalentador, Édgar se refugió en la familia, especialmente en su madre y su hermana; y en los amigos de San Vicente. Es que ahí, en esa zona de Asunción, jugó en el Club Obispo Fidel Maíz, con el que se consagró campeón en varias ocasiones. “Yo no lo conocía a Cristo, pero después Él entró en mi vida. Volví de la muerte, hermano”, exteriorizó su sentimiento.

Con la llegada de la luz del Todopoderoso, Lacarruba mostró una notable mejoría en su salud, pero antes estuvo internado, inconsciente, por 75 días, y, además, pasó casi seis meses en una silla de ruedas.

“Cuando mi familia se enteró de la enfermedad que tenía, comenzó a juntar dinero para mi sepelio. Esperaban lo peor. Tengo que ser sincero y reconocer que no conocía qué era el VIH”, confesó.

Pese al fuerte golpe -lo que constituye, sin lugar a dudas, un importante tropiezo-, de los múltiples dolores físicos y morales, Édgar se consideró todavía con mucha fuerza para descubrir el sentido de la vida, y lo hizo entregándose a Cristo.

“No lo conocía a Dios. A todos nos ocurre que, en el momento más crítico, acudimos a Él, que está ahí con brazos abiertos para recibirnos. Le abrí mi corazón, y gracias a eso pude superar los momentos complicados”, narró.

También relató que el apoyo que recibió de su familia y de sus amigos fue fundamental para que se pueda recuperar. “Es una cosa muy grande lo que hicieron conmigo y les estaré eternamente agradecido. Los de San Vicente son amigos y no macana, como Hugo Cabrera, el presidente. Son personas hermosas. Solo tengo palabras de reconocimiento para ellos”, dijo.

Tiene cuatro hijos y está orgulloso de ellos. Édgar Yamil (18), Karen Gisell (17), Karen Araceli (14) y Esteban (13) son los retoños de Édgar Lacurruba, quien al recordarlos se emociona, piensa un poco y pone orden en sus razonamientos. Él vive en Villa Elisa, con su madre y su hija Karen Gisell.

Cuenta cómo se sacrificó para recibirse de técnico. “Fui dos años a pie desde mi casa hasta la Escuela de Educación Física (Secretaría Nacional de Deportes), para estudiar la carrera de técnico. Hice un gran sacrificio, pero con la ayuda de Cristo todo se me hizo fácil”, comentó.

Igualmente, rememoró que “no tenía para mi pasaje, pero qué vamos a hacer, así es la vida. No me dejé estar. Dios encontró la manera de ayudarme. Para la vuelta a casa no tenía inconvenientes, porque casi siempre había personas de buen corazón que me traían. A ellas también les estoy agradecido”.

También recordó que “con Richard Martín Báez, Miguel Sanabria, Boby Espínola, Luis Romero y muchos otros ex futbolistas concluí el curso. Había una camaradería excelente”.

Édgar actualmente está trabajando en su profesión de director técnico, como asistente de campo en la Sub 18 del club Fernando de la Mora, junto a Juan Balbuena, quien en su momento dirigió al Atlético Colegiales.

“Estoy ejerciendo la profesión. Voy escalando de a poco. Trabajo en el club Fernando de la Mora para formar jugadores para Cristo”, afirma.

Sin embargo, habló de su ambición. “Hermano, mi objetivo es llegar a la selección paraguaya en el 2018. Sé que si uno tiene fe en lo que hace y, además, cuenta con el respaldo de Dios, todo se puede”.

DOS AÑOS DE SACRIFICIO PARA RECIBIRSE DE TÉCNICO

LOS CLUBES

Édgar Lacarruba se había iniciado como futbolista en Nacional. Ahí debutó en la Primera, pero, también, defendió la casaca del 8 de Diciembre de Caaguazú, en el torneo República, en 1996. Igualmente, pasó por el 3 de Noviembre del barrio San Pablo; por Tembetary y por Independiente de Campo Grande. Jugó en la Sub 16 y Sub 20 de las selecciones nacionales.