Opinión

Crónica para asustar a los gobernantes

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

En 1991, centenas de familias campesinas ocuparon tierras en Tava’i Borda, Guayaibí, San Pedro. El entonces presidente, general Andrés Rodríguez, envió tropas militares y al coronel Fernando Ugarte Ramírez, presidente del Consejo Nacional de Coordinación de Desarrollo Rural (Concorder), organismo creado para intentar frenar las invasiones, combinando el asistencialismo populista con la más dura represión.

Me tocó presenciar cuando un teniente de Caballería se acercó al anciano Agapito Recalde, excombatiente de la Guerra del Chaco, quien permanecía aferrado a un mástil en donde flameaba una desgarrada bandera tricolor.

–Abuelo, contame –le dijo el militar, en guaraní–. ¿Quién es el instigador que les convenció para que ocupen esta tierra?

Don Agapito lo miró seriamente.

–Vení, te voy a mostrar…

El teniente lo siguió a su carpa con entusiasmo. ¡Al fin iba a descubrir a uno de los agentes de la subversión internacional que, según los servicios de inteligencia, se infiltraban entre los campesinos!

Don Agapito metió la mano en una bolsa y sacó un plato de latón, abollado y sucio.

–Este es nuestro principal instigador –le dijo al militar–. Este plato vacío. Se llama ñembyahýi, hambre. ¡Él nos empujó a ocupar esta tierra!

Me acordé de esta historia cuando el presidente de Chile, Sebastián Piñera, asustado ante las inesperadas protestas violentas que quebraron la burbuja del “milagro chileno”, alertó sobre una guerra contra “un enemigo poderoso e implacable”. Dio a entender que su país había sido infiltrado por grupos terroristas de izquierda desde el extranjero. Su esposa Cecilia Morel, más disparatera, aseguró ser víctima de una “invasión alienígena”. Respondieron con toque de queda, militares en las calles, excesos represivos que solo lograron aumentar más las protestas. Pasaron pocos días para que Piñera pida perdón y reconozca que tras los actos de violencia hay antiguos reclamos sociales legítimos que el Gobierno no llegó a percibir.

En el Paraguay, el presidente Mario Abdo Benítez cayó en estos días en el mismo gastado discurso: Hay proyectos extranjeros que quieren “contaminar ideológicamente” nuestra forma de vida. Sonó a La voz del coloradismo de la época de su padre secretario del dictador, con la histérica voz de Cáceres Almada en cadena nacional alertando sobre comunistas barbudos que venían a comerse a nuestros niños.

Así como en Chile o Ecuador se acusa que tras las protestas están el Foro de San Pablo o el Grupo de Puebla, en Venezuela y en Bolivia se alega que todo obedece a las maniobras de la CIA y del imperialismo yanqui. ¿No es acaso normal que los grupos opositores se aprovechen de las fallas de un gobierno? ¿Es tanta la ceguera para reconocer que a veces la gente simplemente se harta de no ser atendida y escuchada, y sale a la calle, a romper o a quemar cosas, sin necesidad de ser manipulada? ¿Acaso no lo aprendimos aquí, en los dos Marzos paraguayos?

En 1991, cuando ya había caído el Muro de Berlín y se había decretado el fin de la historia, el catalán Joan Manuel Serrat compuso una canción clarividente (Disculpe el señor), en la que un mayordomo le avisa a su aristocrático señor que el recibidor de la vieja mansión empezaba a llenarse de gente pobre, que venía a reclamar “algo que les pertenece”, del cual este señor se había apropiado.

Casi tres décadas después, la canción es una parábola perfecta de lo que hoy está sucediendo. Les dejo con sus últimos versos:

“Disculpe el señor/ pero este asunto va de mal en peor/ vienen a millones y/ curiosamente, vienen todos hacia aquí/ traté de contenerles pero ya ve/ han dado con su paradero/ estos son los pobres de los que le hablé/ le dejo con los caballeros/ y entiéndase usted/ si no manda otra cosa, me retiraré/ si me necesita, llame/ que Dios le inspire o que Dios le ampare/ que estos no se han enterado/ que Carlos Marx está muerto y enterrado”.

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