26 may. 2026

Churchill y De Gaulle se dan la mano en París

Cuando se estrecharon la mano por vez primera en junio de 1940, De Gaulle conocía a Churchill pero este no al francés. Un desencuentro que inauguró la tensa cordialidad entre dos egos (y dos naciones) cuya compleja relación se expone estos días en el Palacio de Los Inválidos, en París.

Combo de fotografías facilitadas por el Museo del Ejército francés del primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill (i), y del Presidente de la República Francesa de 1958 a 1969, Charles De Gaulle (D). EFE

Combo de fotografías facilitadas por el Museo del Ejército francés del primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill (i), y del Presidente de la República Francesa de 1958 a 1969, Charles De Gaulle (D). EFE

EFE

“A Charles De Gaulle le hizo famoso (Winston) Churchill”, resume a Efe el comisario de la muestra Vicent Giraudier, mientras pasa revista a los cerca de 250 documentos -algunos inéditos- que alimentan una doble conmemoración, el 70 aniversario de la Segunda Guerra Mundial y el medio siglo de la desaparición del “premier” británico.

Carlos Abascal Peiró

“Yo pierdo los papeles cuando tengo razón y él lo hace cuando se equivoca; discutíamos la mayor parte del tiempo”, llegó a reconocer un púdico De Gaulle, reacio a abundar sobre las tiranteces con el inglés. La historia les había condenado a soportarse.

Apenas un día después de abandonar París, el 18 de junio de 1940, el militar francés pronunció desde Londres su famoso llamamiento a la Resistencia mientras el artífice de la rendición, el mariscal Pétain, se instalaba en Vichy con el visto bueno del nazismo. Rumbo a las islas británicas, la Francia libre abandonó la otra Francia.

Allí arrancó la “terrible relación” entre un entonces desconocido De Gaulle y el flamante primer ministro británico, dos “patriotas” -señala enfático Giraudier- ligados por su “reticencia a dar marcha atrás": “Se resistieron a una paz a cualquier precio”.

Fueron los rostros de una victoria, les unía un enemigo común y, pese a la edad -Churchill accedió a su escaño cuando De Gaulle tenía diez años-, el abismo que les separaba fue antes estético que político.

Era la misma distancia que mediaba entre el quepí y el bombín, entre la adusta fotogenia del francés y el arrollador “bulldog británico”, un genio de la puesta en escena cuyos oficios y facetas, de la pintura a las armas y de las armas a la tribuna, marcaron sus casi seis décadas en la Cámara de los Comunes.

“Pese a todo, su madre le había trasmitido una pasión por lo francófono -reflexiona Giraudier-; Churchill conservaba en cada una de sus casas un busto de Napoleón y sus intercambios con De Gaulle siempre fueron en francés”.

Criado en una familia de la humilde burguesía industrial de Lille, De Gaulle creció bajo el recuerdo de la debacle francesa de 1870, un patriotismo católico y algo revanchista que, tiempo después y en sus memorias de guerra, el general bautizó como “una cierta idea de Francia”.

Churchill, en cambio, llegó a los cuarteles tras fracasar en lo demás. Después de que sus magros resultados académicos le apartasen de Oxford, su padre, “que le juzgaba imbécil”, descartó darle una educación clásica y el heredero del palacio de Blemheim solo estudió gramática inglesa. La idea le valió un Nobel de Literatura en 1953.

Su otra gramática, la vital, arrancó en la Cuba de la independencia, donde descubrió los puros y ejerció de corresponsal mientras combatía junto a la tropa española. Era 1895 y, a sus 21 años, el más político de los soldados comenzaba a ser el más soldado de los políticos.

Antes, recorrió el frente anglo-bóer, lidió con los pastunes en la frontera india y cargó con los lanceros británicos en la campaña de Sudán para, siempre al servicio de su majestad, contemplar la Gran Guerra desde el Ministerio de Defensa.

Para entonces, el joven capitán De Gaulle rumiaba el conflicto en la prisión alemana de la que trató de evadirse hasta cinco veces entre 1916 y 1918. Su altura le delataba.

Cuando finalmente se conocieron, 25 años después, Europa había vuelto a desgarrarse, Hitler visitaba París y Churchill, mientras estrechaba la mano de aquel espigado oficial francés, tuvo que admitir que lo que quedaba de la Francia oficial dormía en Londres.

Dicen que De Gaulle giró la cabeza, miró a su improvisado cortejo y sentenció: “Somos Francia”.

“Pese al respaldo posterior a la Resistencia y los apoyos coloniales, nadie reconocería su gobierno hasta 1944", confirma Giraudier. Sabían que estaban solos.

El resto fue la historia de una sufrida victoria y lo que vino después, el enamoramiento de dos naciones con sus respectivos mitos. La ovación no tomó el camino de las urnas y los votos acabaron desalojando a ambos del poder al término del conflicto.

Su última trinchera fue la escritura, la memoria y el relato de sí mismos. El francés era más reservado pero Churchill, que dictaba desde la cama, disfrutaba narrándose. De esos relatos, una particular biografía del siglo XX, quiere ocuparse la muestra.

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