18 may. 2026

Chinaglia, el hombre

Por Sergio Cáceres Mercado – caceres.sergio@gmail.com

caceres, sergio

Corría el año 2005. Era mi segundo año como profesor de Teodicea y de Filosofía de la Religión en el Instituto Superior Salesiano de Estudios Filosóficos. Hacía mis primeras armas como docente universitario y realmente estaba contento de que un instituto católico me contratase sin que jamás me preguntasen si tenía credo religioso alguno.

Sin embargo, aquel año los alumnos algo ya sospechaban. El 99% era seminarista, es decir, futuros aspirantes al sacerdocio, provenientes de distintas congregaciones. No dejaba de sorprenderme lo increíblemente críticos que eran con respecto a la Iglesia, sus reglas y su cultura. Cada tanto me preguntaban sobre mi posición religiosa. Sabía el riesgo que corría y les respondía con evasivas o ambigüedades. Pero a medida que finalizaba el semestre, la curiosidad se transformaba en presión. Así que un día cedí y les confesé de mi ateísmo; les expliqué que nunca hice alarde de ello en la clase y mucho menos mostré anticlericalismo o alguna posición parecida porque no venía al caso, me remitía siempre a los textos y temas de las materias aludidas.

Sin embargo, al empezar el 2006 nunca más me llamaron los salesianos. Pregunté y simplemente me dijeron que no contarían más con mis servicios y que ya tenían otro docente. Estaba en la calle y casi sin trabajo. Pero en el segundo semestre me llamaron de vuelta. Me dijeron que el profesor emblema de la institución, Pedro Chinaglia, estaba enfermo y había pedido expresamente por mí para que lo reemplazara.

Hasta ese momento solo lo conocía por referencias. Nunca fue mi profesor, sus libros los conocía y los leí en parte, y más nada. Cuando fui a verlo en su lecho de enfermo para agradecerle su gesto, me dijo que sabía que yo era un buen profesor y que lo que me hicieron fue injusto pero inevitable en una institución formadora de religiosos. Me contó que algunos alumnos se quejaron por tener en el plantel a un no creyente. Entonces le respondí que jamás había siquiera intentado influir a los chicos en contra de sus creencias. Como prueba le cité los textos que usaba en aula. Todos autores católicos y con posiciones y conclusiones procristianas y teístas. Puso cara de sorpresa y se disculpó por la injusticia cometida; luego me animó y me dijo que a él no le interesaba que yo fuese ateo o no, sino que quería en su cátedra de Historia de la Filosofía a un buen profesor, exigente y que supiera de lo que hablaba, y por eso había pedido por mí. Otros alumnos hablaron de cosas positivas y Chinaglia las había oído y me admitió que ya me había visto en una charla abierta que ofrecí y que quedó gratamente impresionado. Jamás di clases de filosofía tan confiado en mí mismo como aquel glorioso segundo semestre de 2006.

Se lo dije y se lo vuelvo a decir: ¡Gracias, padre Chinaglia! Con ese gesto humilde me ayudó mucho en mi carrera. No solo descubrí a un filósofo, sino a un sabio, a un hombre justo y de buen corazón.