16 ene. 2026

Campesino ya no es sinónimo de agricultor

El ojo despierto

Por Mario Rubén Álvarez - alva@uhora.com.py

Hasta no hace mucho, al campesino se lo podía llamar agricultor, porque trabajaba la tierra, producía sus alimentos y cultivaba algunos rubros de renta.

El lugar de residencia traía consigo, casi como parentesco ineludible, la ocupación habitual.

Hoy esa relación va camino a la extinción. Hablo de los propietarios de hecho o de derecho que están en asentamientos tradicionales. Cada vez, la posesión de una parcela en el área rural está menos vinculada a las tareas de labranza. Y si existe el nexo, es mínimo y carece de la fuerza que pudo haber poseído veinte o treinta años atrás.

El mboriahu ryguatä rural -calificativo de prosperidad que pudo haber abarcado a la mayoría de los campesinos en tiempos de Francia y Carlos Antonio López- que, aisladamente, construyó un razonable bienestar por encima de las guerras y las revoluciones, es un estado en vías de extinción.

Lo que sobreabunda es un racimo humano de sobrevivientes que ha perdido la esperanza de acceder a mejores condiciones de vida.

La consecuencia de la ausencia de futuro digno es que paulatinamente los agricultores se han ido retirando de la agricultura como medio de supervivencia.

Ello implica dejar de cultivar y mirar el horizonte, pero también vender el derecho -los que cuentan con títulos de propiedad-, o las derecheras y mudarse a los alrededores de Asunción. La migración, a menudo, es caer de la sartén al fuego. Ivaihágui, ivaive.

El asistencialismo estatal -vía Tekoporä o pago por pertenecer a la tercera edad- se ha convertido, para muchos, en un factor inmovilizador.

El programa de fomento de la agricultura familiar con el que se embanderaba el Gobierno anterior y en el actual no parece que vaya a sufrir modificación -atendiendo a que el ministro de Agricultura es el mismo- es, en gran parte del territorio, un gran cuento.

Para verificarlo, bastará con visitar alguna perdida compañía del Departamento de San Pedro para constatar que no existe ni la sombra desflecada de un extensionista del Ministerio de Agricultura.

Nadie aparece en escena para alentar a los que pueden volver a ser agricultores si es que alguien les estimula y les muestra un camino que pueden transitar para salir adelante con su antiguo trabajo.

Para lograr que los contierra recobren su fe no será tan sencillo. A las palabras de aliento hay que agregar las asistencias técnica y crediticia, ingreso al mundo de la tecnología, organización de comités, selección de rubros rentables que se sumen a los de subsistencia, y mercado.

Si no acaba la era de la demagogia -mentira edulcorada- a costa de los campesinos, pronto en vez de compañías habrá sojales y establecimientos ganaderos.

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