Una de las capacidades que se han diluido en los genes paternos y que ni por accidente han llegado a mis hermanos y a mí es la habilidad manual, la capacidad de enfrentarse a un artefacto con un par de herramientas, algo de conocimiento empírico y mucha paciencia.
(Por cierto, esta semana se cumplirá un año más de su raje existencial. Salud, léka. Donde sea que estés. Aclaración: Luis Alberto –tal es su nombre– está muerto, no de joda. Creemos).
Retomando. Los nativos digitales o los protodigitales (los cuarentones que vivimos el nacimiento de la era digital sin tener la más pálida idea de ello) hemos perdido, salvo honrosas excepciones, esa capacidad de asomarnos a un aparato con el saludable ánimo de repararlo y no de darle una soberana patada en medio de gritos imprecatorios contra la marca en cuestión, su inutilidad manifiesta y la madre que lo parió.
En los años de asistencia muy mal pagada a mi padre arreglando cocinas (no se acerquen a la fibra de vidrio, es lo único que aprendí del oficio, y de la peor manera) tuve un acercamiento forzoso a las artes vulgares o mecánicas. (Así se les denominaba para diferenciarlas de las artes liberales, como la que practico hoy en día con un poco más de suerte).
Allí establecí una relación amable, pero de mutuo rechazo, con el martillo, la llave inglesa y la espátula.
Mi madre Nelly también usaba las manos para algo más que darme un par de saplés con ínfulas educativas: era costurera. No era la capacidad reparadora habitual de toda madre bien avenida, pues lo suyo tenía ciertas veleidades artísticas. Ni siquiera probé en ese campo y ni creo que extrañen mi presencia, pese a que –independientemente de los sacrificios del oficio– se gana buen dinero.
Mi tío Chiquitín también me acogió como aprendiz en su herrería. Solo le bastó un par de días para darse cuenta de mi manifiesta inhabilidad para dominar el hierro, la fragua y demás deudos. Otro oficio potable desperdiciado.
El último intento de reconciliación con las manualidades fue en el Colegio Naciones Unidas, de Asunción. Era un colegio modelo que, en plena dictadura, ofrecía en el bachillerato humanístico talleres de carpintería, electricidad y herrería. (Lastimosamente, ahora esas aulas son meros depósitos). No nos enseñaban a pensar como ciudadanos libres, pero al memos allí aprendí el empalme estrella y a no cortarme los dedos con la sierra sinfín.
En esta era de lo inmediato, lo fácilmente descartable y de la obsolescencia programada hay que volver a valorar los oficios que hacen de la paciencia, una virtud, y de la habilidad manual, una solución.