Las catedrales no nacieron de la noche a la mañana. Son el resultado de siglos de trabajo, donde generaciones de artesanos y maestros constructores aportaban su grano de arena para construir una edificación que jamás verían terminada. Algunos morían en el proceso, es decir, construían para el futuro.
Hoy, el mundo sigue imaginando eventos posibles, bajo ciertos supuestos. El futuro se potencia gracias al legado milenario de la civilización, actualizado hoy con herramientas tecnológicas de gran poder predictivo, gracias a las ciencias duras, la estadística, los algoritmos, el big data y la inteligencia artificial.
En teoría, estos avances deberían contribuir a construir una sociedad mejor. Sin embargo, la realidad demuestra que disponer de tecnologías más sofisticadas no siempre garantiza necesariamente una humanidad más sabia ni más solidaria.
Es curioso notar que dentro de la Unesco existan iniciativas como la “alfabetización para el futuro”, impulsada por Riel Miller, o bien, los “laboratorios del futuro”, donde se busca imaginar un nuevo mañana desde la creatividad.
Como el futuro aún no existe, este autor afirma que las personas condicionan su presente a partir de su mirada al futuro, y propone reinventar ese porvenir desde “la creatividad, la innovación y capacidad de adaptación”, algo que hoy la IA exigirá cada vez más como cualidad en el ámbito personal y laboral.
Una perspectiva más tradicional sobre la construcción del mañana se basa en estudios prospectivos, que buscan construir uno o varios “escenarios futuros” a partir de tendencias históricas y estadísticas, potenciado por algoritmos modernos e IA, como el caso del pronóstico meteorológico, previsiones económicas y financieras, así como proyecciones demográficas.
En la misma línea, la planificación estratégica es una filosofía y herramienta especial para organizaciones y empresas que buscan gestionar o reducir riesgos y crear “escenarios prospectivos”.
La mirada de Miller, sin embargo, busca ir más allá, y busca reinventar el futuro no desde la mera proyección de escenarios (a, b o c), sino que busca romper los sesgos y pensamientos arraigados para imaginar futuros imposibles o que somos incapaces de crear.
Nosotros también miramos el futuro y ante la incertidumbre de los cambios mundiales, seguimos rutinas como un ancla de seguridad para navegar la tempestad del mañana. En un intento de predicción individual, seguimos una misma propuesta laboral, proyectamos metas como comprar una casa, planificamos algunos aspectos de nuestra vida y otros quedan sujetos al azar, como un accidente inesperado que nos obliga a endeudarnos.
Todos nos aferramos a una mirada casi cortoplacista del futuro sin pensar muchas veces nuestro aporte colectivo, y qué quedará para las generaciones futuras.
En ese sentido, Cornelius Holtorf, catedrático en la Unesco sobre el Futuro del Patrimonio, asegura que “el pensamiento catedralicio amplía nuestra perspectiva temporal, pasando de meses o años a décadas o incluso siglos”, ya que “implica considerar cómo nuestra acción de hoy afectará a personas aún no nacidas”.
Dice que reflexionar sobre el mañana “es clave para trascender el cortoplacismo” y evaluar su impacto a largo plazo en el futuro. Como declaración de buena voluntad, nació en la ONU el Pacto para el Futuro 2024, como una suerte de guía para fijar delineamientos de cómo la humanidad caminaría hacia un incierto e intrincado mañana.
Holtorf, a modo anecdótico, cita un caso actual sobre la gestión del futuro vinculado con un proyecto de arte. En 2014, en Oslo, Noruega, se creó la Biblioteca del Futuro. Consiste en mil árboles plantados en las afueras de la ciudad. En cien años, es decir, para el 2114, estos árboles se talarán para preparar el papel para imprimir cien libros, cuyos manuscritos se guardan cada año por un escritor invitado.
El futuro es un discurso que se construye y elige hoy. No está exento de riesgos, sesgos, creencias, expectativas ocultas e imaginarios colectivos, según la “alfabetización para el futuro” de la Unesco, para lo cual, son claves la “creatividad y la innovación” para así sumergirnos en nuestro propio imaginario del futuro y reescribirlo siempre de nuevo.