21 oct 2026

Administradores de los misterios de Dios

Hoy meditamos el Evangelio según San Lucas 12, 39-48.

El Evangelio de hoy, en continuidad con el de ayer, recoge las otras dos parábolas exhortando a la vigilancia. Jesús se dirige a sus discípulos enseñándoles a cuidar al pueblo de Dios a ellos encomendado. Los invita a vivir desde la lógica del amor, de la atención, de la ternura, de la vigilancia.

Todo cristiano es administrador de los misterios de Dios: de la vida que nos ha dado, del amor intratrinitario en el que vivimos –hijos de Dios Padre en el Hijo por el Espíritu Santo–, de los talentos y capacidades con los que nos ha adornado, de las personas que nos ha confiado. Y nadie nos puede sustituir en esa tarea.

Cuando nos olvidamos de que todos esos bienes nos han sido confiados, cuando pensamos que los merecemos y no nos damos cuenta de por qué los tenemos, acabamos encerrados en nosotros mismos, llenos de nuestras soberbias, de nuestras envidias, de nuestros rencores, de nuestros juicios críticos. Y, entonces, no solo no cuidamos, sino que acabamos maltratando a los demás, incapaces de mirarlos con la mirada de Cristo.

Jesús quiere que nuestra existencia sea fecunda, que no bajemos la guardia, para recibir con gratitud y maravillados todos los tesoros de su corazón. Quiere que estemos vigilantes para poner al servicio de los demás nuestros talentos y capacidades, nuestra sonrisa, nuestro perdón, nuestro trabajo diario, nuestra vida de fe, esperanza y amor.

Cristo nos presenta la vida como una misión: estar “al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida”. Nuestra vida es una misión. Venimos a la tierra para algo, o más bien, para alguien: para nuestras familias, nuestras amistades, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos. De nuestro cuidado depende, en gran medida, la felicidad eterna de esas personas.

(Frases extractadas de

https://opusdei.org/es/gospel/2026-10-21/)

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