Correo Semanal

A 49 años de la muerte del creador de la guarania

 El 16 de mayo de 1972 fallecía en la capital argentina el notable compositor, cuyas melodías habían recorrido el mundo, legando además una obra sinfónica saludada por la crítica por su originalidad.

Antonio V. Pecci

Periodista e investigador

Si la vida tiene extrañas paradojas, una de ellas es que a veces no se elige el lugar dónde vivir y, en ocasiones, tampoco el de morir.

Esa fue, seguramente, una de las que le tocaron al gran compositor. A lo largo de la década de los 60 hizo saber su deseo de volver al Paraguay. El motivo central era poder establecerse en un ranchito a orillas del Aquidabán, para escribir la que sería su obra póstuma La noche antes, inspirada en la batalla final de Cerro Corá y en la larga y dramática guerra que soportara el pueblo paraguayo durante cinco años a manos de los invasores.

Sin duda, albergaba un deseo profundo de culminar dicha obra rodeado de ese paisaje agreste, y, también, quizá, el anhelo secreto de que le dejaran terminar sus días en algún sitio, un pequeño poblado del territorio patrio. Esta idea –comentada a amigos y hasta a jerarcas del régimen, que lo visitaban por el interés que despertaba su obra– llegó a oídos del dictador y este contestó con una actitud grosera y autoritaria, señalando: “Si quiere venir, una Caperucita Roja le estará esperando en el aeropuerto”. Para encerrarlo en una comisaría, sin duda.

Pero, a inicios del año 70, el gran músico había abandonado esa idea. Como lo dijo al círculo cercano de amigos que lo cuidaban, en la etapa en que vivía encerrado en su departamento de la calle Tucumán al 1400. Y a su hija Olga Flores, quien fue a visitarlo con su esposo, Víctor Valenzuela, y sus dos hijos. Le ofrecieron hacer todas las gestiones para que volviera. Sabían que estaba muy enfermo. Olga y familia, montados en su coche, fueron desde Asunción hasta la capital porteña y compartieron un par de horas con el Maestro. Cuando le plantean la idea, responde: “No, che rajy, che rasy, ha ndovaléi niko la che tuja rire aha cárcelpe” (“No, mi hija, estoy enfermo y no sería bueno que siendo viejo vaya a parar a la cárcel”). Esto sucedía en febrero de 1972. La conversación es interrumpida por una enfermera que viene a aplicarle una inyección.

“Mi esposo y mi tío le insistieron para que retornara, pero él no quiso saber nada”, acotó Olga Flores cuando conversamos con ella en la casa de Lambaré, donde vivía junto a su hijo Jorge. “Tapytántena ko’ápe” (“Me quedo acá nomás”), les dijo con firmeza, no exenta de tristeza. Hubiese querido retornar con la familia de la hija y residir en Asunción, para terminar sus días aquí rodeado de sus dos hijos, Francisco y Olga, y los cuidados de la madre de ambos, Catalina Bogado, quien había sido su pareja hasta que el Maestro viajó a Buenos Aires, en la década de 1930 y a la que frecuentaba las pocas veces que pudo volver hasta 1946, pero tenía presente el clima de opresión y la falta “del oxígeno de libertad”, como señaló alguna vez.

PROCESO DE AUTORRECLUSIÓN

Luego del tremendo esfuerzo de trabajar durante casi un año junto a la Orquesta y Coro Unidos de la Radio y Televisión Soviética, desde fines de 1968 hasta octubre de 1969, supervisando la grabación de sus once poemas sinfónicas, el Maestro, a su retorno, se recluyó en su pequeño departamento. Los médicos rusos lo habían internado en Moscú y hechos todos los exámenes, llegando a la conclusión que comunicaron a Elvio Romero, quien lo acompañó por un tiempo en dicha capital.

“Al Maestro hay que cuidarlo –le dijeron–, le queda poco tiempo, tiene como máximo de cuatro a cinco años de vida’, fue el informe de los especialistas. Su organismo estaba debilitado en gran medida y su corazón ya no latía con fuerza, agravado por la hipertensión.

Elvio comunicó a su vuelta a un pequeño grupo de amigos este hecho, lo que fue confirmado tras un estudio minucioso que realizó un equipo médico encabezado por el doctor Carlos Abente.

Se sabía que tenía problemas de salud cada vez más graves, pero durante mucho tiempo no se supo la causa. “La enfermedad que lo llevó a la tumba se detectó luego de un infarto, sin mayores consecuencias… Aquí fue tratado por médicos competentes, pero terminó con una fibrilación ventricular de un corazón chagásico, según mis referencias (…). Tenía el corazón de un buey cansado”, nos dirá. Una enfermedad que la había adquirido en su niñez.

Flores vive desde principios del año 70 solo, aislado, en su departamento. “Se volvió huraño, de carácter cambiante”, dirá Óscar Clérici. Lejos de esa vida que llevara por tantos años de encuentros con la colectividad para compartir un buen locro, un cocido caliente y evocar la patria lejana. Lejos de las largas caminatas por la capital porteña con algún amigo, de los encuentros amorosos con sus admiradoras, de las idas al Teatro Colón, de los inolvidables conciertos que había dado en Buenos Aires y Rosario, estrenando sus obras con calificadas orquestas, distantes los momentos con compañeros en el Café La Paz, de la calle Corrientes.

Recibe a muy poca gente y ése año 70 escribe un texto estremecedor, cruzado por el enojo y la urgencia de contar su verdad, frente a la terrible campaña desatada por la dictadura negándole la autoría de la creación de la guarania. Fue un golpe muy duro para él, pero tuvo el mérito de impulsarlo a escribir un largo texto a modo de memorias. “Yo le llevé el ejemplar de La Tribuna –dirá Gilberto Rivarola–, donde se publicó una entrevista en la que le hacen decir a la viuda de Ortiz Guerrero, Dalmacia Sanabria, que fue el poeta quien concibió la guarania y le silbó la melodía de India a Flores”.

Nos cuenta Hernán Salazar, hijo del abogado Víctor Manucho Salazar Villagra, compañero de juventud y de militancia en el Partido Comunista con el Maestro, que en el año 71 fue a la metrópoli porteña y quiso conocerlo al gran músico. “Demetrio Ortiz, muy amigo de papá, me presentaría. Lo llamó por teléfono y le comentó: ‘El hijo de Manucho está aquí y quiere conocerte’. ‘Que venga –le respondió Flores–, estoy ligeramente indispuesto, pero que venga’”. Al escuchar dicho comentario el joven Salazar dejó para otro día la visita. A la siguiente semana fue a verlo otra vez a Demetrio Ortiz, quien habló de nuevo con Flores y este le dijo: “Caramba, no vino días pasados. Ahora sí que no me siento bien. Que venga la otra semana”. Y no pudo conocerlo, “ya que tuve que volver a Asunción”, nos comenta Hernán.

REGALOS A LOS AMIGOS

En ese tiempo de restricciones severas y dolores permanentes, con picos que lo obligaban a internarse, José Asunción, sin embargo, tomó la decisión de organizar la entrega de algunos objetos personales a algunos amigos, como nos contaron algunos. Por ejemplo, a su antiguo compañero de la Banda de Policía, Leonardo Alarcón, le hizo llegar su par de zapatos usados; a otros de la misma agrupación, una corbata, un disco, al igual que a Emilio Vaesken. A Óscar Clérici, un saco; a Gilberto Rivarola, un pequeño portafolios; a Víctor Salazar, un retrato suyo. Y una copia de sus memorias a tres o cuatro amigos cercanos, como Marcelino Gamarra, Carlos Abente, Gilberto Rivarola y Óscar Clérici. Y así, distintos objetos a otros amigos.

Sus valiosas partituras las confió a Saúl y Elvio Romero, quienes las conservaron y las trajeron a Asunción tras la caída de la dictadura

Fueron todas las cosas que pudieron preservarse. Otras, quizá valiosas cartas y documentos, fueron metidas por su hija Juanita en tres valijas, que se perdieron en algún juzgado de Morón, tras la muerte de la misma en 2005.

Él había dejado a su pueblo, lo más valioso para él: sus obras, que, luego de décadas de prohibiciones comenzaron a ejecutarse para el disfrute de públicos crecientes que se deleitan con Mburicao, María de la Paz, Ne rendápe aju, Ka’aty, Ñanderuvusu y otras piezas que varios especialistas consideran obras cumbres del sinfonismo paraguayo.

Sus restos recién pudieron repatriarse en noviembre de 1991 recibiendo una multitudinaria adhesión ciudadana, con todos los honores oficiales por parte del Parlamento, del intendente de Asunción, Carlos Filizzola, y el presidente de la República, Andrés Rodríguez, quien le restituyó la Orden Nacional del Mérito.

A más del calor de artistas, amigos, las galoperas de Punta Karapa y organizaciones de la sociedad civil homenajearon al Maestro.




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