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Opinión
lunes 5 de junio de 2017, 02:00

Un brazo y una pierna por Cien años de soledad

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

El imperativo cartel advertía desde el pórtico de una casa de Caracas, en donde tenía lugar una fiesta en su honor: "Prohibido hablar de Cien años de soledad". Fue el propio Gabriel García Márquez quien pidió a sus amigos venezolanos que colgaran aquella exigencia. Era agosto de 1967. Hacía solo poco más de dos meses que se había publicado la novela, y ya su autor desesperaba por los avatares de una fama repentina. "Soy escritor por timidez", confesó un año antes, en el poco recordado autorretrato que hizo en Los diez mandamientos, una antología de cuentos publicada por la editorial Jorge Álvarez, en donde también estaban incluidos un relato y una autodefinición de Augusto Roa Bastos.

Cien años de soledad se terminó de imprimir el 30 de mayo de 1967, pero llegó a las librerías de Buenos Aires en los primeros días de junio. No hubo antes un libro en América Latina que tuviera una estrategia promocional mediática como tuvo aquel. Buenos Aires era el centro editorial del continente. Allí Tomás Eloy Martínez hacía y deshacía en Primera Plana, el semanario político y cultural que vendía sesenta mil ejemplares cada siete días. El 20 de junio, la foto del escritor estaba en su portada y se repetía sin término en todos los quioscos. El 16 de agosto, García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, aterrizaron en Ezeiza. En el vanguardista Instituto Di Tella, un reflector siguió sus pasos al llegar, como si se tratara de un happening típico de esos años, y la gente empezó a saludarlo a gritos: "¡Por su novela!".

El mismo Gabo vio una mañana su libro, editado por Sudamericana de Paco Porrúa, entre tomates y lechugas en una bolsa de compras que llevaba en la mano una mujer. La ciudad vivía en Macondo. En ese contexto de locura temprana por su novela, García Márquez y Roa Bastos se juntaron para deliberar en el concurso de novelas Sudamericana-Primera Plana (que había ganado el año anterior Gabriel Casaccia), del que eran jurados junto a Leopoldo Marechal.

Los fastos pesados de la fama, que comenzaría en Buenos Aires y se extendería posteriormente por todo el continente y el mundo, hicieron que García nunca volviera a pisar la ciudad de Roberto Arlt. En Caracas, por los días de aquella fiesta, se sentía abrumado a pesar de bromear en la prensa afirmando que su libro lo había escrito Mercedes y lo firmaba él solo porque era muy malo.

En esa ciudad, se conocieron Mario Vargas Llosa y él. Soledad Mendoza, hermana de Plinio Apuleyo, amigo y biógrafo del novelista, logró en esos días que el colombiano le firmara un ejemplar de La casa verde y el peruano uno de Cien años de soledad. Lo que escribió Vargas Llosa en la dedicatoria era lo que pensaba cualquier escritor latinoamericano en el invierno de 1967: "Para (Cien años de) soledad, esta increíble novela de caballerías que hubiera dado un brazo y una pierna por escribir".