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Revista Vida
viernes 19 de agosto de 2016, 12:01

Sobrevivientes del pasado

Más que polvo y cachivaches como algunos podrían pensar erróneamente, las casas de antigüedades guardan historia. Una anónima que aguarda ser contada o que quizás nunca podrá dar su testimonio más allá de su mera presencia en este mundo.
Por Natalia Ferreira Barbosa / Fotos: Fernando Franceschelli


Los comerciantes de antigüedades se manejan con un lenguaje distinto al del mercado tradicional, el cual prioriza siempre lo más nuevo y, de alguna manera, hace que los productos duren menos que antes. En pocos mercados encontrará que cuanto más viejo es el producto, más contentos estarán los clientes. Además, no son pocos los vendedores a los que les brillan los ojos cuando se les pregunta cuál es la pieza más antigua que tienen en el local. Para ellos, casi 100 años no son gran cosa.
En el centro de Asunción, sobre Eligio Ayala, frente a la plaza Uruguaya, llama la atención un grupo de tiendas contiguas que desvían la atención de los transeúntes y sin falta pone curiosos a los pasajeros del colectivo: una silla de épocas pasadas, un tocadiscos o un fino mueble de madera de caoba.
¿Cómo cabe tanta cosa en un espacio tan pequeño? Es lo primero que uno se pregunta una vez dentro de uno de los negocios. Dentro de Casa Vieja, por ejemplo, se tiene la impresión de que estuviera amurallada por estantes y cómodas con trabajos de marquetería (técnica que utiliza piezas de madera, formando motivos decorativos, que se popularizó en el siglo XVII entre la realeza francesa). Casi al fondo del local aparece Rosa Tinoco, una mujer morena de ojos expresivos. Recorrer la tienda requiere equilibrio y sumo cuidado, la torpeza podría costarle meses de salario; claro que Rosa se maneja con una envidiable desenvoltura entre jarrones y cristales antiquísimos.
Ella comienza a hablar sobre qué tienen puestos los ojos los clientes regulares de las casas de antigüedades: las cómodas con detalles de marquetería. Lo que alguna vez sirvió para guardar los pijamas, ahora se exhibe como trofeo en las salas; y no es para menos. Después de todo, el precio varía entre los G. 3.000.000 y G. 15.000.000 para estos muebles hechos de nogal y mesada de mármol.
Entre las piezas que Rosa considera únicas, se encuentra un reloj de sobremesa hecho de mármol negro, porcelana y bronce. Funciona a cuerda y tiene péndulo de mercurio. "Es de los años 20, me lo trajeron de Argentina, y el señor que me lo reparó me aseguró que era alemán. Cuando dan las campanadas, suena todo el salón", cuenta Tinoco.
Otro de sus mimados es un colorido jarrón satsuma—porcelana japonesa surgida en el siglo XVII de apariencia craquelada— de unos 60 centímetros de altura, pintado a mano y con relieves dorados. Otra característica que llama la atención en Casa Vieja es la cantidad de objetos de bronce que posee.
Variedad
Ahora, pegada a esta tienda está también otra llamada Mercadito Vintage, en la que nos recibe Delphine Tio Groset. Nuevamente aparece la sensación de que si se intentara poner un solo alfiler más en el local, no habría espacio para él. Es necesario caminar con los brazos pegados al cuerpo para admirar los espejos con marcos magníficamente tallados, espectaculares arañas, lámparas, piezas de porcelana y tazas de té. Entre estás últimas se destacan las de porcelana japonesa; "son cáscaras de huevo", dice Delphine, y con razón las llama así porque el grosor de cada pieza no debe ser mayor que la cáscara de un huevo. Al sujetar una taza ni siquiera se percibe su peso. Pero lo que no pasa por alto es la cantidad de detalles que posee cada una, pintada a mano con imágenes tradicionales del Japón.
Y sobre un aparador descansa una mesita de luz en la que el cajón tiene forma de dos libros. Quizás podría pasarla por alto, a no ser por un detalle. "Esta mesita, que no está restaurada, le perteneció al pintor Holden Jara. La trajo consigo de su viaje a Europa, cuando fue a estudiar, y se la compré a su nieta", cuenta Tio Groset. Y cerca del objeto en el que alguna vez Holden Jara guardó sus pertenencias más íntimas, está lo que parecería ser la pieza de un submarino. Pero no, nada más alejado de esto. Se trata de una lámpara a queroseno de la marca Petromax, probablemente de la década del 30. Y casi al lado está una licorera que contiene tres botellas de cristal y lo que parece ser una manija para transportarlas. Pero no, la tecnología del pasado engaña nuevamente. Quien no deseaba compartir su licor, no necesitaba esconderlo, sino que lo colocaba en la licorera, la cual contaba con una cerradura que guardaba celosamente el alcohol.
Apartado nacional
Detrás del Parque Seminario, en una esquina hay una casa con un sencillo cartel enfrente que dice Karamegua. Aquí dentro no debe dejarse engañar por la apariencia de sencillez, lo que guarda este lugar tiene un invaluable valor histórico. Entusiasmado, nos abre la puerta Luis Fiore Degli Uberti. Tras unos minutos de hablar con él, resulta evidente su pasión por el arte y las antigüedades. Orgulloso, muestra dos pinturas recientemente restauradas: se trata de un retrato de Bernardino Caballero, ya entrado en años, y otro de Juan Bautista Egusquiza, realizados por el pintor alemán Wolf Scheller, quien estuvo en el país después de la Guerra de la Triple Alianza y permaneció hasta comienzos del siglo XX, asegura Luis.
Entre otras obras de Scheller, que se encuentran en Karamegua, está un paisaje de Peña Hermosa y el de un hombre montando titulado Joven a caballo. También se aprecian obras del colega contemporáneo de Scheller, el italiano Guido Boggiani. Además, el tesoro más reciente de Karamegua consiste en "un óleo traído de Italia que ilustra la caminata de soldados después de la Guerra de la Triple Alianza de Da Re, que se dedicaba a hacer reconstrucciones históricas", indica Fiore, quien trata de ser más que un comerciante, al rescatar la memoria histórica y poner su grano de arena en la recuperación de la cultura nacional. Esto salta a la vista por su pasión al hablar de las piezas que aún le gustaría encontrar y el valor cultural de ellas.
Los amantes de las antigüedades están siempre a la pesca de su objeto de deseo. Es por este motivo que apenas llega un tesoro a las manos de los comerciantes, pronto termina en manos de otro. ¿Cuál será el próximo?