Imposible predecir el final de la crisis del Brasil. Toda la política latinoamericana se verá fuertemente influenciada por lo que suceda en los días que sigan a la Semana Santa.
Es una coyuntura compleja en la que hay por lo menos cuatro planos superpuestos.
Primero, el político, pues la polarización ha llegado a límites extremos por el desgaste que afecta a todo el sistema, no solo al partido de gobierno. Segundo, el económico, sentido por toda la población, afectada por la caída del crecimiento y los consiguientes ajustes de las políticas de redistribución.
Tercero, el social, porque, con autonomía de lo que sucede en los partidos, los movimientos sociales y juveniles demostraron una fuerza sorprendente en los últimos años. Y, cuarto, el ético, porque en el centro de todo está la corrupción, que no se inició con el gobierno petista, sino que viene de bastante antes, hasta el punto que el mensalão forma parte de la tradición parlamentaria brasileña. Eso no excusa al PT de los abusos de los que es acusado.
Para la derecha es una crisis terminal, causada por los desaciertos de Dilma Rousseff. Para la izquierda, se trata de una cruzada de las corporaciones empresariales y comunicacionales y de los partidos conservadores con la complicidad de sectores judiciales y policiales, dispuestos a tumbar por la vía legislativa a un gobierno elegido por más de 54 millones de votos. En estos días se lee con asiduidad en los periódicos brasileños la mención de un golpe blanco o “al estilo paraguayo”.
Dilma está lejos de tener la fuerza de Lula. Por eso recurre a él, intentando incorporarlo al gobierno. Cotejando riesgos, Lula aceptó, porque, curtido en la lucha, sabe que la verdadera intención de la derecha es eliminarlo a él de la política. Eso se evidencia en la truculencia con la que los jueces federales actuaron al detenerlo aparatosamente en un innecesario espectáculo mediático, en la divulgación de sus conversaciones telefónicas o en el empeño en impedir que asuma como ministro. El campo conservador no tiene líderes aglutinantes y está fragmentado.
Pese a estar muy golpeado por las denuncias de corrupción en el caso Petrobras, Lula sigue siendo un político muy popular, que podría volver a ganar en el 2018.
Nadie sabe si Dilma aún puede ser salvada, pero sí quién podría hacerlo. Lula podría reinventar las articulaciones, tan frágiles como creativas, que permitieron que el PT gobierne durante los últimos doce años. Solo que Lula en el Planalto podría quedarse allí hasta más allá del 2018. Es poco probable que eso suceda, pero en Brasil nada es imposible. Por eso la derecha pone su mejor esfuerzo en evitarlo.
Dentro de esa caótica situación, Lula ya ha logrado que la alicaída izquierda recupere algo de su viejo impulso, salga de nuevo a las calles y que artistas, intelectuales y notables vuelvan a unirse en torno al PT, del cual se sentían desilusionados.
¿Es suficiente eso para postergar el linchamiento del PT? Imposible saberlo. En cualquier caso, quien gane no estará cómodo. El continente tampoco.