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Opinión
domingo 3 de julio de 2016, 01:00

Brexit: Globalización o nacionalismo

Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

En la Edad Media, la producción industrial era artesanal y el principal medio de transporte era la carreta, lo que hacía que la actividad económica fuera fundamentalmente local.

En la Edad Moderna, aparecieron los medios de transporte de larga distancia como el ferrocarril y los barcos a vapor y brotaron las grandes industrias con la producción a gran escala. A partir de ahí, la actividad económica pasó a ser nacional e internacional.

Esto permitió la aparición del capitalismo internacional, porque solamente llegando a nuevos mercados iba a poder ser vendida la enorme nueva producción industrial que se tenía. Esta revolución industrial tuvo su inicio en Inglaterra que era la reina de los mares y la principal potencia económica de su época.

Debe reconocerse que este extraordinario desarrollo inglés y de otras potencias europeas, estuvo basado en la explotación; internamente a los trabajadores y externamente a sus colonias y a los países proveedores de las materias primas.

Contra esta injusta situación y con una clara visión internacionalista nacieron los diferentes movimientos socialistas de la época. Decían que el capitalismo internacional solamente podría ser derrotado con una lucha internacional. En el tratado escrito por Marx y Engels, llamado el Manifiesto comunista, la frase fundamental era "trabajadores del mundo, uníos". Basado en esa frase se creó la Asociación Internacional de Trabajadores que años más tarde se convirtió en la Internacional Socialista y se libraron diferentes batallas a nivel global, como la descolonización en el África y guerras de liberación en el Asia y en América Latina.

Este enfrentamiento ideológico mundial terminó en 1989, con la caída del Muro de Berlín y el posterior desplome de la Unión Soviética. A partir de ahí vinieron los "felices años noventa", con Estados Unidos como única superpotencia y con la aceleración de la globalización económica y cultural, gracias a la aparición de internet y de los teléfonos celulares.

Estos años dorados terminaron abruptamente con el atentado a las Torres Gemelas y la aparición de diferentes movimientos nacionalistas, algunos religiosos como los movimientos islámicos, otros ideológicos como el socialismo del siglo XXI en América Latina y últimamente con gran fuerza en los países europeos en defensa de su autonomía y de la añoranza de una época de gloria imperial, como en Inglaterra y en Francia.

Por todo esto, el famoso brexit, es decir, la decisión del Reino Unido de salir de la Unión Europea, es un acontecimiento de impredecibles consecuencias, primero porque se produce en un país central en el proceso de globalización que ha vivido el mundo, segundo porque va a avivar la llama de los diferentes nacionalismos y tercero porque puede producirse un efecto imitación, que haga caer toda la arquitectura internacional construida en las últimas décadas. Este resurgir del nacionalismo es preocupante, porque va a contramano de una historia de constantes avances en las comunicaciones y en el transporte, que han permitido una cada vez mayor integración de los pueblos.

De esta crisis del brexit podemos sacar dos lecciones: una que el Estado-Nación, creado en el siglo XVIII, es absolutamente anacrónico para el mundo global del siglo XXI; y la otra, que todas las organizaciones creadas para administrar la globalización, como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional e incluso la misma Unión Europea, están cooptadas por las principales potencias económicas en perjuicio de los países menores.

Estas organizaciones creadas décadas atrás necesitan de reformas, que permitan que la gente aproveche las oportunidades de la globalización por medio de un mayor comercio, pero al mismo tiempo pueda sentir que su identidad y sus raíces son respetadas.

Si no encontramos ese equilibrio, los nacionalismos van a seguir creciendo, desde los brexit hasta el terrorismo islámico.