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Opinión
domingo 21 de mayo de 2017, 02:00

Brasil, final o comienzo

Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende
Por Alberto Acosta Garbarino

A nivel internacional la noticia más impactante de la semana fue la nueva crisis política que vive el Brasil, como consecuencia de la grabación de una conversación entre el propietario de JBS –el mayor frigorífico del mundo– con el presidente Temer.

Dichas grabaciones así como otros hechos de corrupción que ya se han hecho público, nos mostraron con impúdica desnudez la gigantesca corrupción que existe en el país vecino, como consecuencia de una especie de "maridaje" entre los políticos, los empresarios, los funcionarios públicos y los sindicalistas.

En un excelente artículo escrito en el diario el Estado de São Paulo por la columnista Vera Magalhaes, define que el Brasil sufre de una "septicemia republicana", debido a que el virus de la corrupción ha afectado a prácticamente todas las instituciones de la República.

Son muchas las causas que originaron esta enfermedad que hoy parece terminal, pero sin duda alguna, el diseño del actual sistema político brasileño, ha acelerado enormemente la descomposición del cuerpo social.

El Brasil es un país gigantesco y de enormes contrastes, por un lado están los Estados del norte que son pobres, territorialmente muy grandes pero poco poblados; por otro lado están los Estados del sur que son ricos, territorialmente más pequeños pero muy poblados. Muchos llaman a Brasil de "Belindia" porque en el sur es Bélgica y en el norte es la India.

Muchos de estos Estados se encuentran dominados por "caciques políticos", que solo defienden sus intereses personales, lo que sumado a un sistema de representación proporcional en el Congreso, ha llevado a que hoy existan 26 partidos políticos en el Congreso.

Un presidente que quiera sobrevivir y gobernar tiene obligatoriamente que construir una mayoría parlamentaria entre 26 partidos políticos diferentes. Collor de Mello no pudo construirlo y fue destituido, Dilma Rousseff lo perdió y también fue destituida.

Lula pudo gobernar durante dos periodos porque construyó una amplia mayoría de más de 10 partidos políticos diferentes que iban desde la extrema derecha como el Partido de la República hasta la extrema izquierda como el Partido Comunista del Brasil.

El medio utilizado para "juntar a ese rejuntado" no fue la ideología o el programa de gobierno, sino la corrupción. Solo a modo de ejemplo: cuando Lula asumió la presidencia habían 18 Ministerios, cuando la dejó... había 36.

Este sistema llamado en el Brasil Presidencialismo de Coalición se asemeja a un sistema parlamentarista, donde el presidente, para sobrevivir, tiene que construir una gran coalición que lo sostenga, en medio de una enorme atomización de los partidos políticos.

Este sistema corrupto es el que está llegando a su fin y lo positivo es que el saneamiento y el cambio de sistema está siendo liderado por un Poder Judicial claramente independiente, compuesto por magistrados idóneos y aparentemente honestos.

Este Poder Judicial independiente ha sido construido inicialmente por el presidente Cardoso, pero luego fue continuado por Lula. Paradójicamente, hoy él es la víctima de un Poder Judicial que él ayudó a construir.

Por eso esta crisis es una buena noticia, porque puede ser el nacimiento de una verdadera República, basada en un Poder Judicial independiente y confiable, que asegure que en el país reine el Estado de derecho.

Con un Estado de derecho asegurado, puede intentarse hacer una reforma política profunda, que fortalezca a los partidos políticos para impedir su atomización y que fortalezca la gobernabilidad limitando la representación proporcional en el Congreso.

Mientras escribo sobre el Brasil, no puedo dejar de pensar en el Paraguay. Casi todos los problemas mencionados anteriormente también son válidos para nuestro país. La diferencia está en el Poder Judicial... y no es poca cosa.