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Opinión
sábado 24 de diciembre de 2016, 02:00

Algún día lo veremos

Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia

Primero imaginé que estaba influenciado por el espíritu navideño de estos días. Pero luego comprobé que el pequeño video, accesible en Youtube, registraba cerca de seis millones de reproducciones y me convencí que las imágenes eran realmente emotivas.

Ocurrió hace pocos días en un colegio de Is-sur-Tille, un pueblo del interior de Francia. Un profesor de 70 años, llamado Alain Donnat, acababa de dar su última clase, pues, luego de enseñar en la institución durante 38 años, le había llegado el tiempo de la jubilación.

Cuando se dirige a la salida con su mochila a la espalda, se encuentra con la sorpresa de que a ambos costados del largo pasillo que debía atravesar lo esperaban con aplausos y ovaciones los setecientos estudiantes del colegio, los funcionarios y sus colegas de docencia.

Con lágrimas en los ojos el profesor recorrió lentamente aquel cordón de honor que le daba el mejor premio a quien había brindado leales servicios y una atención sincera a sus alumnos. Su esposa filmó la inusual despedida y la alzó a su página de Facebook, sin imaginarse que las imágenes se viralizarían.

Pensé en dos cosas. Primero, en lo reticentes que somos los paraguayos para exteriorizar nuestro agradecimiento a los buenos docentes que quizás cambiaron nuestras vidas y partieron sin recibir un "muchas gracias" tan cálido. Esos maestros no son muchos, pero todos conocemos alguno.

Lo segundo, fue algo deprimente. Las últimas veces que en nuestro país vimos estudiantes formados en dos filas obligando a los profesores a caminar por el medio, fue para gritarles: "¡Vergüenza de la UNA!". Los escrachados eran la antítesis del profe francés: representaban la corrupta rosca académica que aniquiló el prestigio de la Universidad. Volverá el día en que los estudiantes hagan lo mismo para aplaudir a profesores respetados y no para insultar a los indignos.

La reflexión sirve para otros ámbitos. Demasiados, lamentablemente. Cuando aparecen las raras excepciones, son ninguneadas, no son suficientemente estimuladas. Son los ingenuos, los vyros, los que no entienden las reglas de juego impuestas por los vivos.

La obcecación por la reelección presidencial demuestra que el poder obnubila las mentes de los que carecen de la grandeza y la humildad de los verdaderos estadistas. Lejos de percatarse que el honor de presidir los destinos de una nación debe ser correspondido con buen gobierno y el respeto a la ley, se aferran desesperadamente al cargo.

No lo vi nunca, pero algún día aplaudiremos agradecidos a un presidente que termine su mandato y se vaya a casa, simplemente satisfecho de haber honrado la responsabilidad que le fuera concedida por el pueblo.