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Opinión
viernes 7 de abril de 2017, 02:00

Al César lo que es del César, pero...

Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Entre las muchas cosas que se dicen, pintan, ejemplifican y pontifican en estos días sobre la situación generada por el pedido de enmienda constitucional por parte de los partidarios del presidente Cartes y del ex obispo y ex presidente Fernando Lugo para darles chance de nuevo a acceder a la presidencia del país, el mbarete con el que se trató dicho pedido en el Congreso y la consiguiente indignación del pueblo, así como la lamentable pérdida humana de un joven, hay una perspectiva que quizás sea un aporte genuinamente cristiano al bien común, y no sé si por la Semana Santa que se acerca o qué, creo que vale la pena considerar también.

El evangelio de Mateo relata en el capítulo 22 un encuentro más que comprometedor para Jesús, cuando enemigos acérrimos entre sí como lo eran los fariseos (cumplidores de la ley mosaica y desconfiados del gobierno romano) y los herodianos (partidarios de la helenización de los judíos), se unen en un consejo para sorprender a este odiado rabino que se está volviendo influyente y tener así de qué acusarle para matarle.

La pregunta capciosa fue antecedida de una lisonja: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza...". Y luego al punto: "Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?". Jesús, al contrario de sus perseguidores, no anda con rodeos y les espeta: "Hipócritas, ¿por qué me tentáis?". Pidió que le mostraran una moneda, ellos le presentaron un denario, y él pronunció una de las sentencias más analizadas del cristianismo en las diferentes épocas y situaciones políticas de la historia: "¿De quién es esta imagen y la inscripción?". Ellos le contestan que es del César. Entonces Jesús les dice: "Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios".

Siempre se ha interpretado que con esto Cristo declaró a los cristianos como ciudadanos no exentos de sus obligaciones hacia el bien común, ni mucho menos enemigos del Estado, sino más bien respetuosos de las autoridades públicas.

Lo justo es dar a cada uno lo suyo, lo que le pertenece. De ahí que no se puede vivir alienados de la situación política, a pesar de las tensiones y desgastes. Lo que no puede ni debe aceptarse es absolutizar las leyes, las decisiones del gobierno temporal, propio del César, ya que las verdades absolutas que afectan a la moral y la fe son de otro orden. Como atestigua San Agustín: El César aparece en su moneda; sin embargo, a Dios se le reconoce a través de los seres humanos. Por tanto, dale al César su riqueza, pero reserva para Dios la inocencia de tu conciencia... Devolvamos a Dios siempre intacta su imagen, no entumecida por la altanería de la soberbia, no marchita por la lividez de la irascibilidad, ni encendida con las llamas de la avaricia.

Ojalá podamos discernir lo que en la discusión actual puede repercutir realmente en nuestras libertades básicas, en la justicia esencial, en los valores, en la vida, en la familia y en la propiedad de los ciudadanos. No nos dejemos llevar por la emotividad y razonemos con sana autocrítica para resolver los conflictos sin estropear ni perder la bella imagen del Creador en las personas de todos los bandos.