Por Mario Rubén Álvarez - alva@uhora.com.py
El castellano paraguayo, sin muchas vueltas, incorpora palabras que un buen día aparecen formando parte del vocabulario común.
Una de esas voces compuestas es motochorros. La segunda es una voz importada del lunfardo rioplatense con la acepción de ladrón.
La extensa difusión y apropiación de ese vocablo de uso relativamente corriente quizás provenga de aquellos versos del poeta argentino Enrique Santos Discépolo, quien en Cambalache dice: “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor.../ ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador”.
Pues bien, el término chorros -en plural- se usa casi con exclusividad adherido a moto. Los que operan con otros vehículos o a pie no son chorros sino simplemente ladrones o asaltantes. No hay autochorros, camionetachorros u otramodalidaddetransportechorros. Sin embargo, son “colegas” que aquellos que delinquen en biciclos.
Los motochorros operan, obviamente, para retrasar al máximo su entrada o su reingreso al penal de menores o a Tacumbú, sin chapas. Y muchos con cascos que suplen a los antifaces.
La palabra compuesta no se puede usar en singular porque los motorizados actúan en pareja: uno hace el “trabajo” sucio de “apretar” a la víctima y otro queda a cargo de la tarea “limpia” (suponiendo que esperar al compinche y huir a velocidad supersónica lo sea).
Ante esta situación y viendo que los motochorros son cada vez más numerosos, la Municipalidad de Asunción y el Ministerio del Interior están viendo -a partir de una ley que les da luz verde para actuar- qué medidas se pueden implementar para combatir la des-identificación de las motos y las de sus ocupantes.
Así como la lengua discrimina a los chorros -ladrones- al dejar la palabra para designar a los que roban con el apoyo de motocicletas quedando afuera los que hacen lo mismo, pero con otros medios de locomoción, la Municipalidad y el Ministerio del Interior van a actuar con el mismo criterio.
Esa diferencia se percibe en que para nada hablan de los que se mueven impunemente sobre cuatro ruedas sin chapas ni ninguna otra identificación.
Así como se presenta el panorama, los motochorros podrían ser los únicos perseguidos. Los cochechorros, en tanto, no tienen delante de sí ni siquiera la amenaza de una probable luz roja.
Sería lamentable que tal discriminación adquiriera estatus normativo. Para dar batalla a los delincuentes no tiene que importar cuántas ruedas les trasladen. Y hay que hacer realidad el principio de que “de ley pareja nadie se queja”.