Comienza con el culto en la sinagoga y luego con la visita de Jesús a la casa de Pedro, en donde encuentra enferma a su suegra. Quizás tuviera esa tristeza tan corriente en las personas mayores cuando nos sentimos ya inútiles para la vida. Jesús la saluda tomándola de la mano y aquella mujer se llena de alegría y se pone a servir a todos.
Usted y yo tenemos el día lleno de estas pequeñas ocasiones de hacer felices a los que nos encontramos. Un pedir por favor. Un dar siempre las gracias. Una sonrisa acogedora. Así estamos sembrando felicidad y esperanza entre los que nos rodean.
La segunda ocasión es extraordinaria. A la tardecita, el sol amengua su calor y la casa de Pedro se llena de personas que desean hablar con Jesús.
Esto abunda en estos tiempos tan complicados. Vivimos irritados por la corrupción y las continuas injusticias. Y, al acabar el trabajo, es la hora de hablar con los amigos, de asistir a debates y conferencias. De estar presentes en manifestaciones o convocatorias. La pregunta es: ¿Lo hacemos o nos quedamos en casa rumiando el desaliento sin hacer nada positivo por el Paraguay?
La tercera ocasión la cuenta Marcos diciendo que ya de noche cuando todos se han ido, Jesús se retira a un lugar tranquilo para hacer oración y dormir un rato.
Necesita ordenar todo lo que ha hecho y ponerlo en las manos del Padre Dios. Y poco a poco, los ojos se le cierran.
Cuando empieza el amanecer con una sorpresa. Todavía no ha descansado y ya está Pedro incomodándole. “Despierta, que ya han llegado gentes para hablar contigo”.
Admiro la reacción de Jesús. “Voy, y luego a otras aldeas de Galilea”. Jesús siempre respondía positivamente.