Opinión

Vergonzoso pilletaje electrónico

Luis Carlos Irala

Reventa de tarjetas, recarga de saldos que no llegan, saldos que se agotan con apenas unos pocos pasajes pagados, fallas en el sistema para la recarga de saldos, el silencio insensible de las empresas licenciatarias y la inoperancia de las autoridades encargadas de regular el servicio de transporte público son algunas de las experiencias vividas en las últimas semanas con el innovador billetaje electrónico.

El promocionado sistema de pago de pasajes a través de las tarjetas tuvo un tiempo razonable de uso experimental y, según los informes, todo funcionaba a la perfección hasta que llegó el día del uso obligatorio; sin embargo, no tardaron en saltar las falencias del sistema.

A esto hay que sumar que muchas personas tampoco tomaron las previsiones de adquirir sus tarjetas con tiempo y realizar los ensayos pertinentes. Pero también es destacable que los usuarios del transporte público hicieron un buen intento para ponerse a tono con las circunstancias, pero evidentemente los responsables de la aplicación del sistema electrónico no previeron una demanda masiva de tarjetas, fuerte recarga de saldos y las posibles fallas que pudiera tener el sistema en situación de uso masivo.

Desde el primer día de uso obligatorio de las tarjetas ya empezaron a aparecer los inconvenientes no atribuibles a los usuarios.

Resulta difícil de explicar por qué las empresas licenciatarias teniendo datos sobre la cantidad estimada de pasajeros no previeron una suficiente cantidad de tarjetas.

Tras un importante peregrinaje, si el usuario lograba conseguir la tarjeta el segundo paso era la recarga. En esta fase surgió el inconveniente de que el sistema estaba muy lento los primeros días y que a muchos usuarios que hicieron la recarga nos les llegó el saldo, por lo tanto, fueron obligados por los choferes a descender del transporte. La leyenda de “saldo insuficiente” fue la bofetada con la que fueron recibidos los usuarios al abordar el transporte público. Otros, con mejor suerte, tenían saldo en sus tarjetas, pero se daban cuenta de que el descuento se daba demasiado rápido y con pocos usos los tarjetahabientes ya se quedaban con saldo cero. Las empresas licenciatarias montaron un complejo sistema para realizar el seguimiento de las tarjetas, saldos, la cantidad de pasajes pagados, entre otros. Solo que no todos los usuarios tienen acceso a equipos para realizar este seguimiento, por lo que se debería de establecer mecanismos más sencillos y accesibles para que los usuarios puedan estar informados y no llevarse ingratas sorpresas.

La posibilidad de reclamos ante la falta de llegada de saldos o el control de su uso se tornaron complicados en las dos primeras semanas. Muchos usuarios fueron invitados a acercarse a las oficinas de las empresas encargadas de las tarjetas, pero la pregunta es ¿cómo llegarán hasta el lugar si no tienen tarjeta?, y si la tienen no tienen saldo. ¿Puede pedírsele a un trabajador que pierda hasta medio día de trabajo para hacer reclamos por 20.000, 30.000 o 50.0000 guaraníes? ¿Se justifica el costo-beneficio?

La impotencia y la indignación de la ciudadanía fue creciendo a medida que avanzaban los días y al abordar una unidad del transporte público generaba tal ansiedad, pues era imprevisible saber si el aparato instalado en el colectivo daría la luz verde para que el interesado pueda abordar el transporte. Caso contrario, eran invitados por los conductores a descender del vehículo, buscar algún lugar remoto para volver a hacer una carga. Esto implica pérdida de dinero y de mucho tiempo, que por cierto las empresas licenciatarias difícilmente puedan compensar.

La desesperación de la ciudadanía se evidenció en los puestos oficiales de compra y carga de saldo, cientos de personas formando fila para poder adaptarse a los nuevos tiempos. Si bien es cierto el Viceministerio tardó en reaccionar, pero tal parece que la determinación de suspender el uso obligatorio fue lo más acertado ante semejante pilletaje electrónico.

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