Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Antes de su ascensión al cielo nos dejó el tesoro de su doctrina, la única doctrina que salva, y la riqueza de los sacramentos, para que nos acerquemos a ellos en busca de la vida sobrenatural.
Para dar la doctrina de Jesucristo es necesario tenerla en el entendimiento y en el corazón: meditarla y amarla. Todos los cristianos, cada uno según los dones que ha recibido –talento, estudios, circunstancias...–, necesita poner los medios para adquirirla.
En ocasiones, esta formación comenzará por conocer bien el Catecismo, que son esos libros “fieles a los contenidos esenciales de la revelación y puestos al día en lo que se refiere al método, capaces de educar en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos”, de los que hablaba el beato Juan Pablo II.
La vida de fe de un cristiano corriente lleva, en muchas ocasiones, a un flujo continuo de adquisición y transmisión de la fe: Tradidi quod accepi... Os entrego lo que recibí, decía San Pablo a los cristianos de Corinto. La fe de la Iglesia es fe viva, porque es continuamente recibida y entregada. De Cristo a los apóstoles, de estos a sus sucesores. Así, hasta hoy: resuena siempre idéntica a sí misma en el Magisterio vivo de la Iglesia. La doctrina de la fe es “recibida y entregada” por la madre de familia, por el estudiante, por el empresario, por la empleada de comercio...
¡Qué buenos altavoces tendría el Señor si nos decidiéramos todos los cristianos, cada uno en su sitio, a proclamar su doctrina salvadora, como hicieron nuestros hermanos en la fe! Id y enseñad..., nos dice a todos el mismo Cristo.
(Del libro Hablar con Dios)