Uno de los mejores recuerdos de mi infancia tiene a mi viejo y mis hermanos como protagonistas. Era el ritual del fin de semana: ir juntos a la cancha.
Poco importaba si no se definía un campeonato o una copa internacional. Era simplemente ir a la cancha y verlo jugar a Olimpia. Era comerse una chipa y compartir esos momentos de emoción.
Hablar de mi viejo necesitaría un espacio mucho más grande que estas 40 líneas. Solo diré que en los años de la dictadura de Stroessner sufrió persecuciones y tortura.
Una de las cosas que le hicieron fue quitarle todos sus documentos.
Él andaba por la vida sin pasaporte ni cédula de identidad. Y eso fue desde que el torturador Alberto Cantero le devolvió la billetera, después de una las detenciones arbitrarias, y le dijo: “Vos Colmán lo único bueno que tenés es que sos olimpista”.
Desde ese día, el viejo circuló por todo el país con su carnet de socio del Olimpia como único documento.
Pero no era verdad lo que le dijeron. El viejo tenía muchas cosas buenas, y una de ellas era que fue un gran padre, un tipo coherente con sus ideas y, por sobre todo, fue una persona honesta.
Algunos padres legan a sus hijos fortunas, propiedades o grandes apellidos y posición social privilegiada. En mi caso la herencia fue un testimonio de compromiso y coherencia, y por supuesto, el amor a la camiseta franjeada.
Quizá por todo eso siempre vi al fútbol como una parte importante de mi vida. Esa parte donde el amor y la pasión que despiertan los colores blanco y negro no necesitan de mucha explicación.
No se trata de un fanatismo ciego, onda talibán, ese que cree que los buenos somos nosotros y por eso los demás no deberían existir.
Tampoco tiene que ver con los violentos que van a la cancha con armas y agresividad y trasladan sus frustraciones al estadio.
En estos días es imposible permanecer indiferente a la explosión de euforia olimpista. Pocas veces se han visto en el país manifestaciones.
A tanto llega que, sea cual fuere el resultado de la gran final en Belo Horizonte, los olimpistas de hecho ya ganaron. No es soberbia. Lo que pasa es que fue tan largo y espinoso el camino para llegar a esta final de la Copa Libertadores, que la victoria en este caso casi no tiene que ver con el resultado.
A lo largo de la vida uno se enamora muchas veces, se afilia a un partido político, después deja de creer y cambia de partido, se cambia el color del pelo, se muda de barrio. Pero el afecto al club de fútbol se mantiene toda la vida.
Podés enojarte con los dirigentes y criticar al técnico, pero soportás 11 años para volver a ver a tu equipo en la final de una Copa internacional.
De eso se trata, ese amor incondicional que dura toda la vida, y comienza sin dudarlo una tarde en que tu viejo te llevó a la cancha.