P. Víctor Urrestarazu
“… cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación». Y les dijo: –Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle». Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos». Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre…”.
(Lc 11, 1-13)
Cuando, cada vez con más insistencia, los hombres se preguntan por el origen de todo; por el absoluto, por la razón última de cuanto existe; por algo o alguien que justifique tanto cuanto no podemos entender; los cristianos queremos recordarnos y proclamar al mundo entero, que ese inmenso poder y esa inalcanzable sabiduría, cuya necesidad intuimos más fácilmente que demostramos, es un Padre: un Padre en todo momento amoroso, dispuesto a comprender, a perdonar, a prestar su ayuda infalible en cada instante, aunque todos los padres de este mundo perdieran su sentido y sensibilidad paterna.
Es grande la insistencia del Hijo de Dios en recordar la divina paternidad que asiste al hombre. De continuo habla Jesús de mi Padre, de igual naturaleza y dignidad que Él; y de vuestro Padre celestial, cuando se dirige al resto de los hombres. El paso adelante que supone el Nuevo Testamento respecto del Antiguo, es sobre todo la filiación divina que nos ha ganado y revelado Jesucristo.
Cuando Jesús habla de un padre se refiere a quien, procura lo bueno, lo mejor para su hijo; y en este sentido Dios es un Padre ideal. Es un Padre, necesariamente favorecedor, que enriquece al hijo en toda necesidad. Así sucede también con los buenos padres de la tierra, que desean para sus hijos lo que está por encima de las ilusiones de estos, a veces pequeñas. Querrían hacer por ellos mucho más de lo que piden, entregarles mejores tesoros que los que tal vez reclaman con insistencia.
Pongamos nuestro corazón en Dios desinteresadamente, sin reclamar favores, ni soluciones a problemas. Ya nos damos cuenta de que no debemos convertir a Dios en un establecimiento universal y gratuito de remedios.
Luego recapacitamos, reconociendo que es Él quien debe recibir todo de nosotros, mientras esperamos confiadamente su protección y su cariño. Le damos gracias porque nos ha constituido en personas, a su imagen y semejanza, con un destino eterno en la intimidad de su amor. Posiblemente, iluminados por su gracia, querremos recrearnos agradecidos en la contemplación de este regalo divino, como quien saborea el más exquisito y gratuito manjar. Sentiremos, entonces, el deseo imperioso de corresponder a su amor, de no defraudar el divino cariño que, como Buen Padre, depositó en nuestras personas.
En su bondad y misericordia, Dios ha querido que también tengamos una Madre en el Cielo. Así como en ocasiones nos puede resultar más fácil el trato con nuestra madre de la tierra, es posible que algo semejante nos suceda en el orden sobrenatural. De ese modo ha querido que sean las cosas nuestro Padre Dios. En todo caso, nadie como María nos enseñará a tratar filialmente a Dios, de quien Ella es Madre, Hija y Esposa.