El 2013 cierra con negros nubarrones para la clase política, hoy en su peor momento a causa de la corrupción comprobada de varios parlamentarios, como pocas veces bajo la lupa de la justicia.
En los estertores del año que se va, el Parlamento se lleva la peor parte, porque despertó la ira ciudadana que dejó de lado su letargo para tomar las calles y gritar su indignación contra la corrupción de sus miembros.
Este año que termina tiene muchos condimentos políticos.
Insurrección. El Parlamento hace años que perdió la conexión con la ciudadanía, a pesar del ritual electoral de cada quinquenio que “renueva” ese poder. La sostenida pérdida de credibilidad fue creciendo tanto que generó la insurrección de la gente común, que tomó las calles sin esperar la convocatoria de los partidos, ni de caudillos ni de alguna otra figura icónica.
¿Fue la corrupción el Leitmotiv de las movilizaciones? Sí y no. La corrupción no es novedad en nuestro país, que cada año ocupa los primeros lugares en el ránking de corrupción de Transparencia Internacional. Cuando nace un político, también nace un nuevo rico; obviamente, con el dinero de la deshonestidad.
Por ello el caso del senador Víctor Bogado es emblemático. Fue la chispa que encendió esta especie de rebelión civil que le declaró la guerra a la prepotencia política sin límites. No fue su sostenido ascenso económico la causa de la indignación, sino la forma del ejercicio del poder: su supuesta niñera “trabajaba” en Diputados y en Itaipú. Cobraba dos salarios millonarios. A esto se suma la ceguera del Senado que evitó el desafuero confirmando que está por encima de las leyes. Fue la gota que colmó el vaso. La gente liberó su ira, la indignación llegó donde nunca antes: restaurantes, shoppings, peluquerías y otros sitios de diversión les cerraron las puertas a los 23 que blindaron a Bogado.
Los indignados son un fenómeno mundial cuyo clímax fue el 2011 con las protestas en Egipto y otros países árabes. Brillaron en Madrid, en Wall Street y otros lugares. Derrocaron dictadores, generaron cambios políticos y económicos. En otros casos no consiguieron nada.
En el caso paraguayo, provocaron un terremoto: obligaron al Senado a desaforar a Bogado, rompiendo esa protección cuasi mafiosa del Parlamento cuando un juez pide investigar a uno de los suyos. El efecto sigue dando frutos: el diputado liberal y ex gobernador de Cordillera, Milciades Duré, cuyo desafuero estaba cajoneado, rápidamente fue desempolvado y aprobado. Se revisó el caso del rechazo del desafuero del senador Carlos Filizzola. El año termina con otra imputación a un senador liberal y ex ministro de Agricultura, Enzo Cardozo. Ambos casos se definirán en marzo del año que viene, pero es casi seguro que el Senado no se animará a darles protección.
La punta del ovillo. La antesala de este tsunami fue la publicación de la lista de los funcionarios públicos solicitada por este diario. La liberación de esa información pública, un empujoncito de la Corte Suprema de Justicia que tuvo sabor a venganza política, fue la confirmación de lo que ya se sabía pero que necesitaba pruebas: que el Estado está plagado de planilleros, operadores políticos, esposas, amantes, hijos y parientes con privilegiados salarios sin otro requisito que el padrinazgo.
Transversal. Los casos de los que se habla hoy demuestran que el gen de la corrupción afecta a todos los niveles. Para ejemplificar esta cuestión basta con mirar dos hechos: 1) el caso Perlita, hija de la caudilla colorada Perla de Vázquez. Llegó a cobrar 5 salarios, superando mensualmente G. 30 millones. Hoy está imputada y libre gracias a una fianza millonaria.
2) El caso Ibáñez. El diputado colorado está bajo investigación de la Fiscalía por los delitos de cobro indebido de honorarios y estafa al hacer figurar a sus caseros como funcionarios del Congreso y quedarse con sus salarios.
Perla de Vázquez es la clásica dirigente colorada, de raíces seccionaleras. No figura profesión alguna en su currículum en la página web de la Cámara.
Por su parte, José María Ibáñez es abogado, máster en Administración Pública y Relaciones Internacionales, estudió en Alemania, Chile, Estados Unidos. Fue ministro de Industria y casi canciller en la era Nicanor. Con el entonces presidente escribieron el libro Diálogo con los ausentes - Desterrando el fanatismo en el Paraguay, que según el prólogo “constituye una valiosa contribución al estudio del pensamiento político, económico y social del Paraguay y, por extensión, de América Latina, en estos tiempos modernos”. Hablan del rol del Estado, la ética y la moral en el gobierno.
Ibáñez, según la temerosa investigación fiscal, paga con dinero público a sus caseros. ÚH está publicando otro caso que lo salpica: su empleado, que gana apenas G. 3 millones, fue adjudicado con 4.000 ha. en el Chaco.
Los orígenes de ambos son distintos, la formación intelectual también, pero vienen de la podrida raíz de la política criolla, cuyo combustible es la corrupción.
Debilidad democrática. En este contexto de la descomposición de la clase política, en la que los partidos pierden predicamento en la sociedad, el Poder Ejecutivo se fortalece. Horacio Cartes es un outsider que poco gusta de gobernar con equilibrio de poderes. Sabe que la ciudadanía está harta de la clase política corrupta, prebendaria y clientelar. A medida que se saltan casos de corrupción, el Parlamento pierde fuerza para negociar con el presidente, al que no se animan aún a enfrentar justamente por sus pecados. La debilidad del Poder Legislativo es la fortaleza del Ejecutivo. Cartes cierra el año con leyes clave que le dan mucho poder.
Como si fuera poco, devolvió la normalidad al Mercosur, a pesar de las poderosas fuerzas políticas y mediáticas que predican lo contrario.
Oxígeno: El 2013 cierra con números azules en cuanto a logros ciudadanos: se liberó la lista de los funcionarios públicos, el fuero ya no es una coraza de acero; hay proyectos para profesionalizar la función pública, la información pública, pero, sobre todo, los indignados se convirtieron en un fenómeno político que como un viento fresco vino a soplar en un país atrapado por su desvergonzada clase política.