Por Blas Brítez
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La imagen tiene una latencia vibrátil, un magnetismo eléctrico como pocos en los anales de la historia del arte del Paraguay; es una foto que por sí misma deviene en arte con su concentrado erotismo, su rebelde simetría: a la izquierda, una joven Josefina Plá mira fijamente a los ojos de un hombre, reposa la mano sobre su pecho, siente el leve rescoldo del pitillo engarzado en la mano izquierda del hombre: es Andrés Campos Cervera, convertido ya en Julián de la Herrería, su marido y compañero, quien habría de dejar profundas huellas en el desarrollo del arte pictórico y cerámico del país.
Nacido en Asunción el 3 de mayo de 1988, Andrés Campos Cervera lleva un apellido ilustre para las disciplinas artísticas del Paraguay: es hermano de Hérib Campos Cervera (padre), un lúcido periodista e interesante poeta; y tío de Hérib Campos Cervera (hijo), uno de los máximos responsables de la vanguardia y renovación literarias del Paraguay. Fue hijo de Cristóbal Campos Sánchez y Amelia Cervera Herrería. Además, está indirectamente emparentado con Viriato Díaz-Pérez, el gran intelectual español, cuya hermana Alicia se casó con Hérib Campos Cervera (padre).
PINTOR Y GRABADOR. A fines de la primera década del siglo XX, nuestro personaje viaja por primera vez a Europa. A su paso por ciudades como Madrid, Roma, Florencia y París, recoge nutridas enseñanzas en la composición pictórica y en el grabado. Antes había recibido las lecciones de quien era el principal maestro de la época en Paraguay: Héctor Da Ponte. A lo largo de casi una década de permanencia en Europa, se puso en contacto con tendencias poco conocidas en nuestro medio: el impresionismo ya agónico en el Viejo Continente, pero con mucho que decir todavía aquí; el fauvismo y el influjo de Cézanne. En su periplo europeo, participó en exposiciones como la de “Los Independientes”, en París (1913 y 1919); la “Exposición Internacional del Grabado” (1912); entre otros.
A su regreso, en abril de 1920, realiza una exposición en el por aquel entonces concurrido salón de eventos denominado El Belvedere, en donde el público paraguayo tuvo oportunidad de apreciar la innovación de que era responsable Campos Cervera, sobre todo en el campo del linograbado, los primeros que “aparecen como tales en lo que va del siglo”, según Ticio Escobar.
CERAMISTA. Sin embargo, en donde el talento y los conocimientos técnicos de quien por entonces ya era Julián de la Herrería se manifestarían en todo su esplendor, es en el campo de la cerámica. Los motivos indígenas, ausentes hasta entonces en el Paraguay en su poder evocador y liberador, signan sus trabajos en cerámica, sobre todo los referentes a las culturas precolombinas de América Latina. Así también aquellos que llevan el sello temático de lo popular nacional constituyen una vertiente revolucionaria en su quehacer de ceramista. Sus platos son hartamente conocidos y ejemplares de su brillante labor, que forman parte del acervo de instituciones como el Museo de Bellas Artes de Asunción, el Museo de Arte Moderno de Madrid, el Museo Nacional de Cerámica de Valencia, ambos en España, entre otros.
Julián de la Herrería se marchó otra vez a España a principios de la década del 30. Se afincó en Valencia, junto a Josefina Plá, quien también ya despuntaba en su talento de ceramista. El 11 de julio de 1937, durante los pesares sufridos por la Guerra Civil Española, muere en Manises (Valencia), en un piso de la entonces calle de la Estación N.º 21 (hoy José Mª Verdejo).