Opinión

Stroessner, los stronistas

 Miguel H. López – @miguelhache

Miguel H. López Por Miguel H. López

El interés de un grupo de seguidores del dictador Stroessner de repatriar los restos del tirano, que yacen en Brasilia, es una provocación.

A lo largo de la inacabada transición democrática hubo varios intentos de traerlo; dos en vida (2000 y 2004) y dos póstumos: en 2012 y ahora. En todos los casos, los propósitos fracasaron ya por la oposición abierta de diversos sectores de la sociedad, ya porque el acto solo puede desencadenar problemas al poder.

Pareciera contradictorio. En una sociedad altamente stronista, marcada por casi 35 años de una sanguinaria dictadura cívico-militar (1954-1989), que inficionó culturalmente a la población, la búsqueda por repatriar los restos de quien hizo del poder un aparato de persecución y muerte, genera resistencia en un importante número de habitantes.

Más allá de la importante contestación que construyen las terribles historias reveladas en libros, documentos y relatos, sobre los años de terror, y del testimonio de quienes lucharon y sobrevivieron a la dictadura, el simple hecho de hablar de la posibilidad de retorno sensibiliza las heridas del pasado y desata la controversia de dos pedazos del país que confrontan ya sea de modo explícito, a veces, y soterradamente, las más de las ocasiones.

El derecho a reposar en la tierra de nacimiento es uno de los argumentos que enarbolan los stronistas. Un motivo hasta comprensible dentro del imaginario nacionalista y católico que curte a un importante sector de paraguayos. Sin embargo, detrás del propósito de repatriación subyacen una serie de acciones políticas pretendidas, que no solo reavivarán la reivindicación de la figura del dictador y su nefasta obra, sino que provocará inusitado daño al maltrecho proceso de transición política y confrontaciones en diversos estratos de la población.

En los anteriores intentos de traerlo vivo o muerto, los escenarios políticos incorporaban circunstancias que no permitían la total garantía para cubrir de impunidad el acto. En el actual contexto, es distinto. El presidente de la República, Mario Abdo Benítez, es hijo del secretario privado –cómplice y encubridor– de Stroessner. En sus intervenciones públicas sobre lo que fue la dictadura, su posición fue más favorable y reivindicadora que crítica o criteriosa; y en su entorno mediato e inmediato, persisten los escombros y personeros del stronismo más recalcitrante.

Esta situación hace un guiño cómplice a las acciones de la Comisión de Repatriación, liderada por el ex director de Correos del régimen, Modesto Esquivel, quien anuncia la existencia de comisiones en el interior, a lo largo de la ruta por la que pasarían los restos y en cuyo trayecto le rendirían homenaje.

La sociedad paraguaya sigue dividida sobre la dictadura y sus consecuencias. El retorno de las cenizas de Stroessner no debe permitirse en este momento. Las circunstancias históricas no lo admiten. Las reparaciones a sus víctimas por parte del Estado y su terrorismo no están siquiera asumidas con sinceridad y menos cubiertas integralmente. Y no existe aún un proceso maduro en donde la irrupción de su memoria nefasta no represente un agravio a los sobrevivientes y a la sociedad vilipendiados por él.

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