Opinión

Stroessner en la sopa y el mongaru por la cultura

 Blas Brítez

Han pasado poco más de dos meses desde que se ha constituido el Gobierno de Mario Abdo Benítez (h) y la palabra Stroessner comienza otra vez a estar a flor de labios en sus nostálgicos admiradores. No pocas veces esta columna ha versado sobre la proyección de la figura del dictador, quien fue presidente honorario de la Asociación Nacional Republicana hasta su muerte. No menos frecuente es que me digan que ya es hora de olvidar a Stroessner, que escribir sobre él es una pérdida de tiempo. Invariablemente contesto: Quienes lo recordamos desde este lado de la vereda, lo hacemos porque quienes lo defienden y aprecian no lo olvidan nunca: A él y su supuesto legado, a él y sus métodos represivos, a él y su invento particular para este país: La corrupción a gran escala. Lo hacemos también para que nunca más el país vuelva a sufrir a un hombre como aquel que traicionó a la gran mayoría de sus amigos para llegar y mantenerse en el poder. Como Bruto, pero sin Shakespeare, fue un artero maestro en el arte de la traición. Por ello solo conservó aquellos amigos que lo adularan con bobo gesto perruno. Es el caso de su secretario privado y padre del actual primer magistrado de la nación.

Cuando murió en 2006, el presidente pidió un minuto de silencio en la Junta de Gobierno, porque con Stroessner “el Partido Colorado fue vigorizado” y se evitó que “el terrorismo penetrara nuestras fronteras”. Ahora algunos dirigentes buscan vigorizar su fraccionada agrupación política repatriando sus restos, “por todo lo que hizo por el Paraguay”.

Días antes de esta nueva oleada de techaga’u stronista, el actor Rafael Rojas Doria recordó al mismo personaje de manera elogiosa, en el acto oficial de su declaración como Tesoro Nacional Vivo por parte del Poder Ejecutivo y su Secretaría Nacional de Cultura, según la resolución Nº 42/2018. En una fotografía captada por el fotógrafo de ÚH, Raúl Cañete, presidente y actor juntan las yemas de sus dedos en el tradicional gesto del mongaru. En guaraní significa dar de comer, un ademán de complicidad amistosa que acaso está reservada para el amigo o la amiga más íntimos.

La imagen tiene una elocuencia especial. El Gobierno ofreció su primera condecoración importante a una persona ligada al ámbito de la cultura, lo cual suena infrecuente. Más allá de sus posibles aportes al teatro popular, Rojas Doria y su compadre César Álvarez Blanco (1927-2003) han encarnado, con particular ejemplaridad, el tipo de arte que propugnó la dictadura: Pasatista, reidero, popular solo en el sentido de lo puro e inmutable y, por lo tanto, siempre condescendiente con el poder. No es casualidad entonces su reconocimiento. En 2014, el actual vicepresidente Hugo Velázquez, cuando presidía la Cámara de Diputados, le entregó la Orden Comuneros al mismo Rojas Doria y también el nombre de Stroessner estuvo en el acto. El popular Kure siempre se mostró orgulloso de haberlo hecho reír. En ello no deja de haber cierta adulonería típica de los bufones. La bufonería es quizá la única manera en que entienden el arte los dictadores.

Hacer mongaru con el hijo del secretario privado de Stroessner es un acto de sinceridad también. Es, literalmente, dar las gracias a quien le dio de comer, mientras otros desaparecían o morían.

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