Y comenzó nomás el Mundial. Un Mundial en el que después de 16 años no está presente la garra guaraní.
Queríamos un poco de circo. Queríamos un poco de esa efímera felicidad que nos da el fútbol. Queríamos sentir la ilusión y el orgullo de ver a la Albirroja en algún estadio mundialista.
No clasificamos y nadie nos dio una explicación. Y nadie, excepto la hinchada, pagó las consecuencias de la pésima gestión de la dirigencia local.
Por eso hoy no hay banderas a lo largo del país. Los vendedores de souvenirs tuvieron que buscarse otro curro; las agencias de viaje enfocan sus ofertas a Cancún y Punta Cana, y hay menos gente viendo los partidos en los shoppings. A todos nos golpea la ausencia albirroja.
La realidad. Claro que sabemos que hay cosas más importantes que el fútbol. Y sabemos que el mundo no se para porque en el Brasil están de fiesta.
Pero es que con tanta realidad, la vida nos solía regalar un mes de anestesia en forma de pelota. Una forma de escape que nos permitía seguir remando el resto del año.
Y no es verdad que no nos importa lo que sucede en el país. Igual nos íbamos a preocupar de los compatriotas damnificados que están viviendo en condiciones precarias.
Igual íbamos a seguir pidiendo la liberación de Arlan, secuestrado por una banda de criminales y por un Gobierno inútil. Igual le íbamos a criticar a Cartes y al Parlamento.
Igual seguiríamos preguntando: ¿Qué pasó en Curuguaty?
Pero al menos estaríamos ahí, en la mayor vidriera universal del deporte, sintiendo que somos parte del mundo.
Acostumbrados como estamos los paraguayos a que los políticos nos prometan el paraíso terrenal, y que al final nos decepcionen, la ausencia de la Albirroja en el Mundial es algo que no terminamos de digerir.
Ni todos los memes que compartimos en las redes sociales pueden mitigar la pena, y la catarsis no es suficiente.
Porque en el fondo, lo que estábamos necesitando era tener algún motivo para ir a gritar alguna victoria frente al Panteón de los Héroes.
Y sentir que al menos por un momento todos llevamos puesta la misma camiseta. Que por un rato el mundo escucha algo bueno de este país, aunque solo hable de sus jugadores, o del escote de Larissa.
Porque hasta la emoción masoquista de verlo a Tacuara Cardozo patear un penal sería mejor que ver este Mundial por tevé.