Por Natalia Ferreira Barbosa / Ilustración: Fernando Franceschelli
Cuando va al supermercado, probablemente no tendrá problemas para agarrar dos marcas diferentes de cereales y tomarse su tiempo para leer las etiquetas de ambos productos, de modo a saber cuál aporta más vitaminas y qué ingredientes tienen. Pero, ¿se sentirá igual de cómodo si se detuviera en un pasillo con una góndola cargada de preservativos de diferentes marcas? Es probable que no. No en vano en los comercios están cerca de la caja, para tomarlos bien al paso, al igual que en otros comercios.
¿Por qué al ser humano le avergüenza tanto todo lo que gire en torno al sexo? Las respuestas posibles son varias. Si la atención se centra en el hombre, el macho vigoroso que... se avergüenza de comprar sus propios preservativos. Existe en una gran cantidad de hombres una especie de miedo y rechazo hacia el preservativo, con argumentos que carecen de lógica e incluso de sensatez.
Protegerse sería lo más lógico en cuanto a sexo se refiere. En teoría nadie quiere enfermar ni tampoco ser padre antes de tiempo. Pero en la práctica esto no sucede así. “Es una contradicción de la época, en la que hay mucha facilidad para acceder a la información y mucha libertad. Sin embargo, hay otros problemas que no se correlacionan con la libertad y el acceso a la información. En el uso del preservativo se ve muy bien eso”, sostiene la sexóloga Maura Villasanti.
En uno de los momentos más íntimos de su existencia, las personas se descuidan, tiran los dados o juegan a ser dioses. La profesional se refiere a que el desprecio hacia el preservativo se relaciona con la sensación de omnipotencia, el famoso “eso a mí no me va a pasar”. “Se coquetea con la muerte, quizá suene fuerte, pero esos hombres juegan a ser invencibles. El sexo no es solo placer y no quieren aceptar que una relación sexual es un acto de responsabilidad, porque hay que cuidarse también”, apunta la profesional.
Excusas de siempre
Muchos hombres se refieren al uso del preservativo como un fastidio, primero porque al colocárselo se pierde la espontaneidad y se corta el momento. Por ello, prefieren pasar de largo esta etapa, que no toma más de 20 segundos. Pero cuánto se ahorrarían varias personas si se tomaran esos 20 segunditos.
“No se siente igual”. Villasanti dice que no es exactamente lo mismo, pero “en las relaciones sexuales, cuando hay un alto nivel de placer, se desdibujan muchas cosas, el dolor, por ejemplo. Una posición coital en otra situación podría ser dolorosa, pero en el acto sexual no, porque hay mucho placer. Entonces es difícil que el hombre en ese momento pueda pensar en tantas cosas. Esa lógica de no sentir está basada en un prejuicio, un pánico a sufrir algún tipo de trastorno sexual, y el preservativo no tiene nada que ver con eso”, asegura la sexóloga.
Otra cuestión siempre latente es la del tamaño, y al parecer cuando de usar preservativos se trata, todos los hombres son muy bien dotados. Villasanti atribuye este argumento a una fantasía, por lo que no hay profiláctico que le venga bien. Solo hay que tener presente que el látex, material del que está hecho el condón, es bastante flexible, y si se rompe, no suele ser por la potencia de caballo sino por el uso incorrecto. Aparte, ya existe el tamaño XL, para los superdotados.
Más profundo
También existen otras razones más antiguas y profundas por las cuales el preservativo es un tabú. “Las situaciones de rechazo se deben a la ausencia de la educación sexual, la cual es combatida ferozmente en sectores conservadores. Cuando se intentó implementar en los colegios, la crítica era que detrás de eso venía la despenalización del aborto, por ejemplo. En Paraguay, determinados códigos morales profesados por sectores muy conservadores no aprueban el uso del preservativo, ya que muchas veces se lo relaciona con la promiscuidad o prácticas sexuales no admitidas por la moral de la gente”, explica Alejandro Aguirre, sexólogo.
“Hay otras fundamentaciones que tienen que ver con ideologías religiosas fundamentalistas por el no al preservativo y no al anticonceptivo. Solo aceptan métodos naturales, y esa es una tendencia muy idealista que no se puede sostener. Hace años, cuando los hombres tenían una relación formal o de matrimonio, resolvían no usar preservativo con su pareja, pero luego tampoco lo hacían con su amante y después transmitían infecciones”, aporta Maura.
Para Aguirre, “en el marco de una sociedad machista, los varones tienen un total desprecio por el uso del preservativo. La preocupación por las consecuencias nunca habían sido tenidas en cuenta y la mujer era un objeto sexual que aceptaba sumisamente esa condición”. Afortunadamente, los cambios empiezan a sentirse, y la mujer comienza a perder el miedo y la vergüenza para exigirle a su pareja que se proteja, sin importar lo que esta pueda pensar al respecto. Se supone que una mujer tiene todo el derecho a exigir que el hombre use preservativo. No importa el tipo de frecuencia de relación, lo esencial es que se cuide. Y el hombre debería dejar de jugar a ser Dios.