La tormenta de datos en torno a cómo se manejan las cuentas públicas nos ha demostrado fehacientemente que el Estado es —además de rico, generoso, familiero— impertérrito al cambio.
La gran tarea que debemos acometer los paraguayos es organizarlo de una manera que nos sirva a todos y que en consecuencia se parezca a lo que queremos ser, porque hasta ahora es un reflejo de lo que somos nomás.
Requerimos un Estado moderno que pueda atraer a los mejores cerebros para que cuiden el patrimonio de todos, porque, de lo contrario, será devorado por la mediocridad interna que resulta funcional a la corrupción externa.
Vamos a tener que negociar y controlar con la mejor gente los acuerdos de la alianza público-privada si no queremos terminar pagando los platos rotos como los que dejó el delincuente de Gramon Berres, tan falso hasta en el nombre.
El mundo actual es implacablemente cruel con el incapaz, y el Estado que tenemos actualmente proyecta esa imagen hacia adentro y hacia afuera.
Vamos a las soluciones.
Ajustar la ley del funcionariado, admitiendo con carácter irrestricto el ingreso por concurso a los cargos administrativos es una de las imprescindibles. Establecer una escuela de administración pública que permita formar para futuros cargos gerenciales, desde repartir semillas hasta convocar licitaciones de obras.
Lo que tenemos no alcanza, por eso el Estado paraguayo paga una comisión al PNUD y otras organizaciones para que hagan lo que el Estado debiera saber cómo hacerlo. Y conste que este procedimiento termina ahorrando ingentes recursos públicos que de lo contrario terminarían, como es común ver, en una corrupción rampante.
Establecer un mecanismo eficiente de comunicación interna entre entes públicos que hoy funcionan como compartimentos estancos, respondiendo a la lógica feudal y no a la manera de organización moderna que se espera de cualquier Estado, es otra de las respuestas necesarias y urgentes.
La tarea no es pequeña y resulta poco grata, pero urgente, necesaria y patriótica porque, de lo contrario, los costos vamos a seguir pagando con más pobreza, miseria y muertes.
Hay que ordenar la casa para poder reclamar más impuestos a una población que no cree para nada en las instituciones.
Pagar más por lo mismo es un acto de estupidez mayúsculo y entrar a conversar con el sector privado acuerdos de alianza con el equipo que tenemos disponible... es un suicidio.
El caos actual es tan grande que nadie que pase por el sector público puede salir ileso. Por eso resulta tan poco atractivo para los capaces y honestos y, por eso está lleno de gente mediocre, deshonesta o mártires éticos.
El simple hecho de ser funcionario en el Paraguay, en cualquier sector, torna sospechoso a cualquiera en este país y eso es malo incluso para los buenos.
Debemos organizar y jerarquizar la tarea del servicio público haciendo que el producto final sea valorado por la ciudadanía.
El Estado no puede seguir siendo un coto privado de caza porque finalmente este constituye la única forma organizada que tenemos como colectivo social.
Nos merecemos un mejor Estado: profesional, organizado y dispuesto a servir a sus mandantes independientemente de sus lazos familiares o partidarios.
Ver el desorden sin arreglarlo es consentirlo.
Observar el robo descarado sin denunciarlo es hacerse cómplice.
Mirar pasivamente sin aportar el cambio es apetecer lo que hoy se condena como inmoral.
Los que creen que siempre que llovió... paró, deben saber que hay millones de paraguayos que quieren urgentemente una casa limpia, ordenada y con techos.