Opinión

Sepa a quién homenajea el Ministerio

Alfredo Boccia Paz galiboc@tigo.com.py

Es injusto que el homenajeado solo sea recordado por el creativo apodo que le puso la gente y por una frase idiota sobre los dueños de la calle. Carlos Ortiz Ramírez fue mucho más dañino que eso.

La educación en tiempos de Stroessner fue abandonada y partidizada. Ortiz Ramírez terminó de destrozarla, llevando el sectarismo político a niveles extremos. Con él, ya no bastaría la prosapia familiar colorada para ser maestro de escuela. Había que demostrar una auténtica militancia stronista. El propio ministro lo dejó claro a comienzos de 1987 en una reunión con docentes de Itapúa: “Vamos a mantener esta paz cueste lo que cueste, hasta con las armas, señores. No importa que algunos pelagatos estén gritando por la seudoprensa independiente buscando la desestabilización. Aquí está el pueblo pynandi del 47 que va a decir presente, mi general”.

A mediados de ese año podía decir que había completado la “limpieza étnica” de su cartera con la expulsión de las últimas maestras no afiliadas o de aquellas sospechadas de alentar actividades sindicales. En marzo de 1987 todos los directores de colegio fueron obligados a llenar un censo sobre sus docentes en el que se ponía énfasis en su “orientación política, gremial y religiosa”. Nadie tenía la posibilidad de protestar. El mismo año que la abogada y licenciada en Filosofía, Margarita Capurro, era galardonada como joven sobresaliente por la Cámara Junior, Ortiz Ramírez la destituía de su cargo de docente del Colegio Nacional de Niñas por “el incumplimiento de prohibiciones de no abordar en clase cuestiones que no correspondan a las asignaturas que dicta” y “por su declarada discrepancia con el régimen educativo vigente”.

Las estadísticas del propio Ministerio reconocían una tasa de analfabetismo del 14% y los salarios de los maestros eran ridículamente bajos. Pero la falta de presupuesto no preocupaba a Ortiz Ramírez. Estaba orgulloso de haber enviado a Taiwán a veinte maestros para asistir a un curso de “Guerra Política”. Comentaba que, a su vuelta, los becarios le revelaron que investigaron los métodos comunistas para hacer el condicionamiento mental en los niños. En ese sentido, la dinámica de grupos era claramente subversiva.

Más que ministro de Educación, este nefasto funcionario era un político en permanente campaña. Y no lo disimulaba. Durante un acto del centro de estudiantes colorados secundarios Blas Garay sostuvo que el abstencionismo del PLRA era una forma de terrorismo. En junio de 1988 removió a cuatro docentes de Atyrá por no asistir a una concentración convocada por la Junta de Gobierno. Con la obsecuencia desbocada, en noviembre de ese año, resolvió llamar Mayor Gustavo Stroessner a una escuela de Canindeyú.

También era aficionado a la delación. En los “archivos del horror” se guardan informes firmados por él sobre actividades “sospechosas” dentro de la comunidad educativa.

Cuando la dictadura cayó, Carlos Ortiz Ramírez se hundió en un merecido ostracismo. Hasta que al actual Ministerio de Educación se le ocurrió rendirle un homenaje. Frente a esta atrocidad, los errores ortográficos de Semillita son una pavada.

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