28 jul 2026

¿Seguir validando paradigmas obsoletos?

Por Bruno Vaccotti, columnista invitado.

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Existe una frase recurrente en nuestros compatriotas: “No me alcanza más la plata”. No es, “no tengo plata”, “Me falta plata”. Habla de que antes su dinero era suficiente y ahora ya no. Eso se llama inflación y la gente no sabe expresarlo porque ha sido un enemigo silencioso de la economía familiar y algo que no nos enseñaron en la escuela.

¿Por qué aumenta la deuda del país? ¿Por qué los salarios no alcanzan, por qué el guaraní fluctúa y por qué cada vez dependemos más del crédito externo? Es hora de mirar el modelo que seguimos, de qué manera ha servido a los ciudadanos y preguntarnos si no estamos equivocados desde la base.

Ahí es donde aparece el elefante en la sala: el modelo keynesiano. El establecido hace décadas, el que lleva la narrativa en los textos universitarios, que usan los ministerios, y que ha fracasado, una y otra vez, en traer desarrollo real, sostenible y genuino en los países en vías de desarrollo

John Keynes propuso una salida para la Gran Depresión del siglo pasado: que el Estado gaste más cuando el mercado se frena. La lógica era que si el consumo se reducía, el gobierno entraba en escena, endeudarse si hace falta, y reactivar la economía inyectando dinero.

Suena muy bien en teoría y puede funcionar a corto plazo. Cuando estas prácticas se vuelven la norma, y no la excepción, el remedio se convierte en enfermedad.

El keynesianismo, en su versión aplicada en Latinoamérica, se ha vuelto una excusa para justificar el despilfarro, el clientelismo político y la impresión indiscriminada de dinero.

Cuando hablamos de energía, por ejemplo, en lugar de usar ese excedente energético para atraer inversión, se utiliza la burocracia y la política. Esto le daba paz a Keynes: dinamiza la economía. Pero no se genera riqueza. Solo se redistribuye la renta hasta que se acabe.

Ni hablar de los Bonos Soberanos: el BCP emite deuda externa a tasas crecientes, para financiar un Estado que consume más de lo que produce. El país se endeuda para pagar sueldos, no para invertir. El resultado: deuda creciente sin productividad creciente.

Están presentes también la fastuosa cantidad de subsidios y planes sociales mal diseñados: programas asistencialistas que no empoderan a la gente.

Lo peor es que este modelo ha sido naturalizado. Está en la cabeza de nuestros técnicos, de nuestros gobernantes, de nuestros economistas de TV. Nadie se atreve a cuestionarlo. Nadie se anima a pensar distinto. No nos gusta el disenso, siempre hay que ser complaciente, mejor no incomodar.

La Escuela Austríaca parte de una premisa muy sencilla: el conocimiento económico está distribuido en millones de personas, y el mercado libre es el mejor mecanismo para coordinar ese conocimiento.

El Estado no debe “estimular la economía” como si fuera un motor que se prende y se apaga. Debe garantizar un marco estable, justo y previsible para que los ciudadanos puedan ahorrar, invertir, intercambiar y crecer.

Ideas clave del pensamiento austríaco que Paraguay necesita recuperar:

La inflación es un robo encubierto. El Estado que imprime dinero para financiar su gasto no está ayudando a nadie: está empobreciendo a todos.

El ahorro precede al crecimiento. No se puede consumir lo que no se ha producido. La inversión productiva sólo es posible si alguien ahorra antes. Incentivar el ahorro interno es clave. Hoy se castiga al que ahorra con inflación, impuestos e incertidumbre jurídica.

Cuando los precios suben, el paradigma actual culpa al mercado. El austríaco se pregunta si el precio refleja escasez real o una distorsión estatal. Controlar precios es como romper el termómetro porque no nos gusta la fiebre.

Cada vez que el gobierno manipula el crédito o subsidia sectores ineficientes, genera burbujas. Cuando explotan, el costo lo pagan los ciudadanos de a pie.

No se propone un Estado ausente, sino un Estado humilde. Que conozca sus límites. Que garantice justicia, propiedad privada, seguridad jurídica y cumplimiento de contratos.

Lo que hoy se requiere es una reforma profunda en tres niveles:

Educativo: hay que enseñar economía real en las escuelas y universidades. No más dogmas keynesianos. No más mitos sobre “el multiplicador mágico del gasto público”. Que se abra el debate, el disenso, que se comparen ideas, que la gente aprenda sobre los temas que forman parte de la discusión.

Institucional: Las reglas fiscales deben ser estrictas. El presupuesto debe estar ligado a la productividad, no a la política.

Cultural: hay que recuperar el orgullo por producir, por ahorrar, por invertir a largo plazo. Aún contamos con energía a costo accesible y una matriz eléctrica energética limpia gracias a técnicos que en su momento priorizaron quizás lo que era más complejo y costoso, pero con una visión de desarrollo a largo plazo.

¿Qué tiene que ver esto con la política? Todo. La economía no se discute en abstracto. Se traduce en leyes, en presupuestos, en discursos.

La transición hacia una economía más libre, más austera, más emprendedora, no es fácil, pero es una urgencia y es el único camino que puede sacarnos de esta supuesta estabilidad sostenida con palitos de helado.

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