Por Carlos Colombino | <br/><br/> “Siempre habrá pobres”, dijo Cristo hace 2.000 años y sigue. Aunque se animó a recibirlos en el cielo, por lo menos a los pobres de espíritu. A los ricos les aseguró que era más fácil introducir un camello por el ojo de una aguja, que un rico llegara al cielo. <br/><br/>En este caso, el camello no era un animal. Sin tanto meterse en líos vaticinadores, no sé por qué, si Él era también Dios, no arreglaba un poco la cosa: a fin de que unos tengan para vivir dignamente y los otros no caigan en la indignidad de la abundancia devoradora.<br/><br/>Lo que se dice un equilibrio equitativo. Pero no lo hizo. Pasaron 20 siglos en una pelea descomunal, en muchos casos patrocinados por sus propios adeptos.<br/><br/> Hoy, a la vuelta de la esquina del siglo XXI, estamos como en el principio: los pobres son más pobres y los ricos, soberbiamente ricos. En el más allá no habrá colisión entre ambos grupos: los últimos estarán en el infierno, aunque he aquí que se viene un nuevo conflicto: el Papa aseveró hace unos cuantos años que el infierno no existe, salvo quizás el de los otros, al decir de Sartre.<br/><br/> Entonces, ¿adónde irán los ricos? Yo propongo que se vayan a la Patagonia, como allí no hay nadie, pueden respirar a sus anchas, bailar, hacer las festicholas, salir en sociedad, y, como el General Roca ha exterminado a todos, pueden ir y venir seguros de que nadie les descompondrá el paisaje: no habrá niños limpiando los parabrisas, tampoco necesidad de poner rejas a las plazas, ni pagar impuestos.<br/><br/> Tampoco existirá todavía el Ejército del Pueblo Patagónico, un verdadero engendro de bandidos. No habrá bandas criminales ni peajeros, no se conocerá el robo ni el secuestro. "¿Qué va a hacer usted en ese infierno?”, me preguntó el escribiente, seguro de que el que esto escribe participará en ese éxodo. “Pues, un Museo”, contesté. “Uno al lado del Museo Leleque de Benetton”.<br/><br/>