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Por Gloria Ayala Person, vicepresidente de ADEC
Este año trajo consigo un replanteamiento integral para todos los habitantes del planeta. A 7 meses del inicio de la cuarentena en nuestro país, podemos distinguir claramente dos caras de la misma moneda. Por un lado, es innegable la incertidumbre, el temor, la desesperanza, la crisis de salud, económica y social; por el otro, las numerosas oportunidades y las difíciles, pero importantes enseñanzas de la maestra pandemia Covid.

Teniendo en cuenta la compleja situación que estamos viviendo, considero prudente desarrollar de manera consciente y constante nuevos hábitos para recuperar nuestra calidad de vida.

La falta de claridad, la cantidad de informaciones falsas y las teorías de conspiración han sido quizás más abrumadoras que la propia pandemia. Aceptar que el virus existe y convivir con el mismo extremando precauciones pareciera ser el único camino viable para retornar a todas las actividades. Además, la pandemia desnudó las deficiencias del sistema de salud.

A esta situación, de por sí preocupante, se suman las alteraciones mentales que producen el encierro (población vulnerable), el aislamiento (familia y amigos) y la soledad (personas que viven solas o en hogares de abrigo), así como la angustia, el estrés y la depresión producto del desempleo, la inactividad física y el agotamiento a causa de las malas noticias.

Estos males son incluso peores que los físicos, pues al ser invisibles no se perciben fácilmente permitiendo que se profundice, encontrando su mayor permeabilidad en un sistema cultural instalado en la negación, la burla o el descrédito hacia quien lo sufre, en lugar de brindar soporte afectivo y profesional, pudiendo desde las empresas advertir y cuidar el bienestar de los colaboradores y sus familias.

La brecha de inequidad social y económica se ha hecho evidente de cruel manera, entre niños pobres sin acceso a la tecnología y niños de clase media que han podido proseguir su educación; entre familias sobreviviendo gracias a las ollas populares y familias en cuarentena en sus casas de veraneo; entre desempleados, suspendidos y temerosos colaboradores del sector privado y los empleados públicos con ingresos asegurados; entre emprendedores y dueños de pequeñas empresas que han podido trabajar y miles de empresas cerradas y quebradas. Evidentemente es odioso señalar estas diferencias (hay muchas más) que resultan incómodas e incluso inmorales en algunos casos.

El cuestionamiento sería, entonces, como sociedad, ¿qué haremos con el área de educación y cultura?, siendo que allí nace el acceso de la población a las herramientas suficientes para reinventar su futuro y proteger a sus familias. O simplemente, ¿nos quedaremos en el vano plagueo que nos indigna?

Mis respetos y admiración para los niños y jóvenes, así como para los adultos mayores, que, con un alto grado de resignación, asumieron posiciones resilientes de aprendizajes sobre tecnología para seguir conectados, para levantarse cada día inventando actividades. No nos olvidemos que el virus sigue vivo, convivir con esta situación, no nos hace invencibles.

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