Correo Semanal

Roa Bastos o la fabulación como fuente de la verdad histórica (1)

En este artículo que publicamos en dos partes, el autor analiza la relación de historia/literatura en la obra literaria de Augusto Roa Bastos con la Guerra de la Triple Alianza.

Víctor-Jacinto Flecha
Escritor
victorjacintoflecha@gmail.com

El supuesto enfrentamiento entre la historia como ciencia y la literatura como ficción, en que la primera era la verdad develada, constada en documentos reales, en tanto que la otra, si bien se erigía sobre un fenómeno histórico, inventaba un mundo sobre esa realidad, ¿hasta qué punto la ciencia de la historia, partiendo de una rigurosa comprobación, documentada en materiales demostrativos del fenómeno, desvela toda la realidad?

¿No pudiera pensarse que la multiplicidad de fenómenos que acompañan a un evento de un hecho personal o social, quedan muy sesgados por falta de pruebas, sobre todo cuando pensamos en hechos mínimos, que pudieran develar aspectos importantes en la revelación de un acontecimiento?

Pudiéramos preguntarnos si la literatura en esa invención que la caracteriza no pudiera realmente revelar a través de la intuición la sustancia de una realidad que la historia como ciencia no la pudo descubrir.

Nuestra intención, en este trabajo, es la de analizar la relación de historia/literatura, en la obra literaria de Augusto Roa Bastos con la Guerra de la Triple Alianza. Aun cuando ella es una presencia permanente en toda la obra de Roa, aquí solo nos referiremos a dos novelas Frente a frente y El sonámbulo, publicadas, bajo el título genérico Memorias de la Guerra del Paraguay.

Estos textos, escritos en diferentes tiempos y publicados asimismo en disímiles circunstancias y hoy reunidos, gracias a la labor de rescate de la Fundación Roa Bastos, tiene la ventaja de desplegar ante el lector, como un gran fresco, el trágico escenario de lo sucedido en la guerra.

DOS VISIONES DE LA GUERRA

La novela Frente a frente está separada por dos visiones de la guerra, una argentina y otra paraguaya. Para exponer la percepción de la Argentina, Roa utiliza un diálogo entre el combatiente pintor Cándido López y Bartolomé Mitre, jefe supremo de las fuerzas aliadas. El uno pintando y mientras que el otro iba traduciendo el infierno de la Divina comedia, preocupándose más de que sonaran bien los endecasílabos y no del verdadero infierno de la guerra que lo tenía en sus propias narices.

Roa, partiendo de dos hechos ciertos, que Cándido López fue el único pintor de la guerra que también pintó escenas del ejército paraguayo y que Mitre tiene una traducción de la Divina comedia, de Dante, construye un escenario que quizás nunca existió, pero que sin embargo en él se cuaja una realidad histórica que devela el entramado de la guerra.

Bartolomé Mitre, profundamente imbuido con la filosofía de civilización y barbarie, postulada por Sarmiento, que el exterminar a los pueblos indígenas era una obra civilizadora. Consideraba al Paraguay y a los paraguayos, un pueblo de indígenas, debido a que la lengua hegemónica era el guaraní, además eran gente opuestas a las ideas mercantilistas y liberales postuladas por Gran Bretaña, potencia hegemónica de la época.

Mitre va desgranando estas ideas en el supuesto diálogo que mantiene con su asistente, el pintor Cándido López. Si bien no existe ninguna evidencia de que el pintor estaría asistiendo a Mitre, Roa partiendo del dato cierto de que era un transgresor al pintar no solo a las fuerzas aliadas, sino también a la paraguaya, pone en su boca todos los cuestionamientos y las críticas que formulaban grandes sectores de las provincias argentinas opuestas a la guerra.

Son conocidos los levantamientos y las sublevaciones en varias provincias contra la guerra. Cándido no solo formula esas controversias a Mitre, sino denota simpatía hacia el Paraguay. Se muestra pacifista. Roa utiliza estos personajes históricos, los pone juntos a dialogar a efectos de ir develando un entramado menos visible de la guerra.

En palabras de Roa en que afirma que el escritor “finge escribir una historia para contar otra, oculta crepuscularmente en ella, como las escrituras superpuestas de los palimpsestos”.

La otra cara de la guerra

El segundo capítulo de este texto se refiere a la otra cara de la guerra en Frente a frente-Paraguay, aquí no se trata de poetizar el infierno y pintar las grandiosas paradas del ejército, sino vivirlo como una hecatombe, el exterminio de un pueblo.

Roa elige como personajes de este relato a extrañas figuras; uno el cónsul de Gran Bretaña en el puerto de Santos, pero que vive en São Paulo, sir Richard Francis Burton, el más famoso traductor de Las mil y una noches, viajero incansable, aventurero de la estirpe de los Marco Polo, héroe de la campaña colonial británica en Egipto, autor de casi un centenar de libros. El libro de la espada o El peregrinaje a la Meca, que según expresa Roa, son libros que perdurarán como los de Plinio, los de Joyce o los de Jorge Luis Borges, pese a sus distintos géneros, naturaleza y extensión, a las diferentes épocas en que fueron concebidos y escritos”.

Roa fabula que sir Burton estuvo, dentro del área del ejército paraguayo, en el Paraguay, a principios y al final de la contienda. Que tuvo entrevista con Francisco Solano López, e incluso que fuera invitado a la mesa de López y Elisa Alicia Lynch.

Sin embargo, en la realidad, este extraño personaje, que como espía de la Corona británica recorrió todo el Medio Oriente, se introdujo en sitios y lugares más prohibidos, disfrazado de naturales del lugar.

Era políglota, hablaba una infinidad de idiomas, Roa le hace hablar, inclusive en guaraní, nunca logró ingresar en el frente paraguayo. Se valió de un certificado médico trucho para pedir licencia en su cargo de cónsul y se largó al sur. Visitó Montevideo, Buenos Aires, remontó el Paraná y llegó al Paraguay en la zona ocupada por las fuerzas aliadas, en dos ocasiones.

Hacia fines de 1870, poco después de terminada la guerra, pero no la destrucción y el saqueo del país bajo las fuerzas de ocupación, Richard Francis Burton publicó su libro Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, “muy inferior a los otros en calidad literaria y magia creativa, dice Roa, pero superior a todos ellos como crónica del holocausto de un pueblo”. Indudablemente que Burton, a pesar de no conocer el frente paraguayo, no deja de percibir la tragedia, mostrando admiración por la causa paraguaya.

En el prefacio real de la mencionada obra Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, Burton afirma que “la guerra que aún hace estragos en el pequeño teatro de operaciones, es un espectáculo que debería apelar a la solidaridad e imaginación de los hombres. Pocas veces —continúa diciendo Burton—, algo más impresionante que esta tragedia se ha presentado ante los ojos del mundo; esta intrépida contienda sostenida por un periodo tan prolongado contra fuerzas superiores y hasta el extremo mismo de la aniquilación racial; la obstinada tenacidad y el heroísmo un tanto obligado de una Esparta piel roja, cuyo único punto vulnerable, la línea del río que corre de norte a sur y que constituye su frontera oriental, ha sido defendido con una increíble tenacidad, con un valor salvaje y una paciente desesperación inusual en los anales de la humanidad”.

Con lenguaje pintoresco e imaginativo relata en sus cartas episodios de la vida de los campamentos de López y aporta elementos no tratados por los profesionales de la historia sobre el debatido y nunca aclarado final de la contienda.

“Desde las anfractuosidades de la serranía siguió con su catalejo los últimos combates de un puñado de pigmeos, barbudos y espectrales, armados de lanzas de tacuara, contra los superarmados escuadrones de la caballería brasileña, apoyados por la artillería de grueso calibre”.





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