Opinión

Recuperar la razón de los modestos

Carolina Cuenca Por Carolina Cuenca

¿Cómo podemos prevenir el acoso y el abuso? ¿Cómo podemos salirnos de la influencia y de la violencia de las mafias? ¿Cómo podemos resguardar a nuestros hijos de los lobbys políticos y culturales tan radicales que los acechan? ¿Cómo salir del ahogo financiero pospandemia? ¿Qué alternativa encontramos al individualismo extremo y al colectivismo engañoso de la aldea global?... Son cuestiones presentes, expresadas o tácitas, en estos días.

Claro que en el mejunje de la agenda ciudadana, la agenda más realista, la agenda que no controlan del todo los políticos y sus asesores profesionales, la agenda que no terminan de manipular los seudocaciques mediáticos, también surgen Olimpia y Cerro, también están Nadia y Marc, mayo y la Virgen, Garnero y la viruela del mono…

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Como en esas peleas de dibujos animados de la vieja guardia donde, con música de cantinela de fondo, entre la polvareda van saliendo los miembros del cuerpo, junto con todo tipo de elementos reales y fantásticos que hacen reír y llorar, y mantienen la atención para ver cómo termina, así en la agenda de los modestos surgen los temas, surgen los análisis, surgen los dolores y las alegrías casi con la misma intensidad.

Hay una sabiduría escondida en la sencillez del presente y una potencia fructífera en las semillas de nuestra naturaleza humana perfectible y contradictoria, vivida sin los ropajes del progresismo decadente.

Los paraguayos tenemos una gran ventaja en este tiempo de delirios voluntaristas y de pactos globales contra la libertad personal.

No deberíamos acomplejarnos de lo que es bueno y útil en nuestra identidad cultural: el sano realismo.

Las personas realistas suelen tener la gracia de apreciar los cuadros de la vida con más elementos y más riqueza espiritual.

Por lo general, no se llenan la boca de ostentosas grandilocuencias, no encaran al mundo desde la etiqueta de los protocolos, ni desde el pedestal de los todólogos del sistema.

Y no hablo de implantes ni imposturas que de repente tratan de imitarlos o, peor aún, de representarlos, en las redes sociales y en los estudios sociológicos; no, yo hablo de los verdaderos y numerosos “comunes”, que viven en familia y, si no lo hacen, igual la aprecian, de los que poseen la ciencia que el sentido común les da.

Ellos son la base de la comunidad, pero no son el sistema. Por eso, aunque el sistema se corrompa, en la razonabilidad de los modestos del mundo, habrá siempre una posibilidad de redención realista.

Solo hay una condición: el libre albedrío en la comunidad. La libertad de pensar, de expresarse, de autoanalizarse, de reír, de equivocarse y de rectificar. La libertad de trabajar, de creer, de esperar y de amar. La libertad de los pobres pero no pauperistas, de los modestos, de los que no conspiran ni pontifican todo, pero sí aprecian las cosas buenas de este viaje en común compañía.

Son los que además del pensamiento filosofan desde los acontecimientos y caminan sin miedo por el sendero de la intuición, como decían Bergson y Peguy.

Desconfían con mucha razón de los gurús del sistema que construyen castillos utópicos, pero viven desconectados de la realidad.

Francamente, los modestos son más sabios conservadores de virtudes, prefieren el progreso a la revolución porque valoran lo que tienen y lo que les es dado, por eso, se lo piensan antes de cambiar en algo que les resulta obvio, sincero o útil.

Se puede decir que una educación que busque mejora, excelencia, virtud y sostenibilidad, debe aprender de los modestos que viven libres en comunidad, que saben ser ellos mismos y valoran sus raíces culturales porque aún beben de ella y se nutren de su sentido común, que tienen esperanza, la sana esperanza, la pequeña esperanza como diría Peguy, pero la persistente esperanza que sostiene el mundo libre. Reencontrémonos con este sano realismo y recuperémoslo pronto. Vale la pena.

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