Me causa mucha tristeza cuando escucho acusar con cierto orgullo y desprecio los errores cometidos por otras personas. A veces, incluso, parece que se regodean comentando estos errores y los fracasos de las personas, dando a entender que la verdad la tiene quien denuncia estos errores. Más, todavía, cuando se presenta como ejemplo, afirmando que todo lo hace bien.
Errar es humano pero lo importante no es no errar, sino reconocer su propio error. Solamente con la persona que sabe aceptar sus errores se puede dialogar y es capaz de cambiar. De lo contrario, se encierra en su mundo, se aferra a lo suyo y no hay posibilidad de conversión.
¡Cuántos matrimonios se han roto por esta causa! ¡Cuántas enemistades se han creado por un orgullo infantil que no quiere reconocer su error! ¡Cuántas heridas abren los errores cometidos y no aceptados, o denunciados con cierto desdén con el fin de construir su propio yo sobre las ruinas de los demás! El mundo sería distinto si en lugar de aprovecharse de los errores de los demás para triunfar, aprendiera de los mismos para no caer en las mismas falencias.
Viene al caso lo que nos dice el evangelio: “No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgaréis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero tu viga de tu ojo, entonces verás de quitar la paja del ojo ajeno” (Mc. 7, 1-5). Si se tuviera en cuenta lo que nos enseña Jesús, no se harían con tanta facilidad las acusaciones, se evitarían las críticas destructivas y habría menos agresividad.
Existen dos clases de errores: el involuntario y el voluntario. Ambos son nocivos. Su superación requiere reconocimiento. La diferencia está que en el involuntario no hay culpa, por tanto, el sentimiento de culpabilidad se supera con bastante facilidad, aceptando con humildad sus propias limitaciones. En el voluntario hay culpa. Ha causado daño concientemente y si no hay arrepentimiento crea agresividad, desprecia la persona e imposibilita la reconciliación y la comunión.
Es así como podemos comprobar situaciones familiares que son irreconciliables, grupos humanos que no se pueden aceptar mutuamente, rencores que no se perdonan, la agresividad constante. En todas las actitudes falta de amor, el deseo de construirse juntos y, en particular, la capacidad de perdonarse y perdonar. Perdonarse es renunciar al sentimiento de culpa fiándose del otro y fiándonos de nosotros mismos, de los profundamente buenos y valiosos que somos a pesar de las limitaciones y de los errores. Hemos causado mal a otras personas y a nosotros mismos. Esto es innegable pero, a la vez, podemos trascender ese mal otorgándonos mutuamente el perdón que libera o reconcilia.
El reconocimiento de sus propios errores abre la posibilidad de perdón de la parte del otro, porque nos desmontamos de nuestro orgullo y de nuestro egoísmo, y vamos poco a poco humanizándonos en la verdadera estatura.
Pensemos que la grandeza del hombre está en reconocer su error y superarlo; y, también, en aprender de los errores de los otros para no cometer los mismos.