Miguel Ángel Fernández | Poeta y crítico | mafdial@gmail.com
Escribió en Paraguay la mayor parte de sus textos, especialmente artículos, ensayos, cuentos, poemas en prosa, diálogos... Fue quizás el primer articulista que logró vivir de su pluma.
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Podemos decir que en Paraguay --dejando de lado el periodo colonial, compartido con los países del Río de la Plata-- la literatura y las artes cobran perfil propio recién a principios del siglo XX, treinta años después de la guerra de exterminio que sufrió entre 1864 y 1870. En estas condiciones, la emergencia de las primeras manifestaciones literarias de algún valor se da con la llamada “generación del 900" y en seguida con el Modernismo literario.
Contradicciones del 900
Más que a la literatura, los novecentistas se dedicaron a la historia, el derecho, la sociología, la política... Para ellos, lo prioritario fue recuperar la autoestima nacional y levantar a la patria de su postración. En términos estéticos, se hallaban a mitad de camino entre un romanticismo tardío y el emergente Modernismo. Aunque el esfuerzo generacional apuntaba a ponerse a la altura de los tiempos, su intento de modernidad estaba minado de contradicciones ideológicas y estéticas. En política, las líneas dominantes fueron el liberalismo y el nacionalismo, dos formas de conservadurismo o reaccionarismo. En literatura, escribieron poemas de exaltación del pasado heroico, lo mismo que en historia, preocupados por la reivindicación de un tiempo perdido o la afirmación de derechos nacionales avasallados.
Con el 900, también aparece el Modernismo literario. Los primeros nombres visibles de esta tendencia serán Goycoechea Menéndez, argentino, y Rafael Barrett, de origen español. El primero se vincula al nacionalismo histórico con un breve volumen de cuentos, Guaraníes, publicado en 1905. Barrett, tras un poema de ese mismo año, “Decadente”, y algunos textos en prosa, marcados por una sensibilidad decadentista, dará origen, en artículos, ensayos y textos artísticos, a una línea de escritura y pensamiento que rebasará largamente esa tendencia y dará lugar a una modernidad crítica fundamental en la cultura paraguaya e hispanoamericana.
Rafael Barrett
En el mismo momento en que las preocupaciones novecentistas llenaban la escena de la cultura paraguaya, llega al Paraguay un joven periodista para cubrir, como corresponsal de un diario argentino, la guerra civil de 1904. Se llamaba Rafael Barrett y venía de España con un segundo apellido de abolengo: Álvarez de Toledo. Al pisar tierra paraguaya en octubre de ese año, Barrett aún no sabía que, como dice Eduardo Galeano, había encontrado su lugar en el mundo, y que la razón definitiva de su vida le vendría dada por el “dolor paraguayo”. En estas circunstancias, el dandy elegante y refinado, duelista temible en la España de principios del siglo XX, vino a ser el “descubridor de la realidad social del Paraguay” (Roa Bastos) y un escritor extraordinario, como se empieza a reconocer hoy.
Barrett, amigo de Valle Inclán y de otros noventaiochistas o modernistas españoles, casi nada tenía publicado por entonces. Sus primeros textos artísticos tienen la impronta modernista con rasgos decadentistas --un aspecto poco estudiado de esta tendencia--, que en él traía el sello de las culturas francesa e inglesa, tal vez más que española e hispanoamericana.
La primera modernidad, en Barrett, será, pues, esa particular expresión asociada al decadentismo finisecular, y que se expresa muy bien en el poema “Decadente”, ya citado, o en un cuento de la misma época como “El amante”.
No deja de ser curioso que incluso una manifestación decadentista tan refinada en su expresión estética, como dicho texto poético, pueda traer encapsulada una referencia socio-histórica: a principios del siglo XX las marcas de la guerra no se habían atenuado. Las muchachas, en el campo, vestían aún harapos, semidesnudas. En el arroyo, naturalmente, desnudas.
Barrett escribió en Paraguay la mayor parte de sus textos, especialmente artículos, ensayos, cuentos, poemas en prosa, diálogos... Fue quizás el primer articulista que logró vivir de su pluma. A Barrett le interesaba la escritura como obra de arte, y fue mucho más allá de la crónica, el comentario o la denuncia habituales. Cuentos como “El maestro” y “La madre” fundan una línea de narrativa crítica radical en nuestra literatura, mientras otros, como “El propietario” y “El pozo”, sustentan la utopía como horizonte de lo real posible.
Por vías diversas descubrió múltiples facetas de la realidad. Hombre de vasta cultura literaria y científica, su mirada no se redujo al punto de vista del mero espectador. Su crítica de las costumbres y de la sociedad implicó un giro epistemológico radical, que poco a poco vamos comprendiendo. Y la realidad concreta en que vivió, la realidad de su mundo y su tiempo --que siguen siendo nuestros--, fue la del “dolor paraguayo”, una parte del dolor universal. Culto y sensible, hombre de coraje, asumió con profunda convicción el compromiso del intelectual responsable. Denunció la miseria de las clases explotadas, la del campesino, el obrero, la mujer. Reivindicó la igualdad social y denunció la depredación ecológica, utilizando a menudo la ironía como arma, tanto más afilada cuanto más insólita y degradada resultaba esa realidad.
Naturalmente, los intelectuales del sistema lo despreciaron y los poderes lo excluyeron de la cultura oficial. Cien años después de su muerte, su pensamiento y su escritura tienen una insólita vitalidad, afirman valores humanos radicales y se imponen por la calidad y fuerza de su expresión. Quizás la clave de esa vitalidad se encuentre, en parte, en su textualidad compleja, de múltiples niveles de significación. Eso explicaría también la posteridad barrettiana: en efecto, algunos de los mejores y más entrañables escritores paraguayos (Hérib Campos Cervera, Josefina Plá, Augusto Roa Bastos y otros más jóvenes), toman la posta y lo prolongan.
Rafael Barrett: un moderno de su época; para nosotros, un contemporáneo, un hombre entero, en perpetuo combate contra toda opresión, contra el pensamiento esclerosado, la cobardía intelectual y la escritura invertebrada: por una humanidad de hombres libres, auténticos, justos, solidarios.