Los legisladores estuvieron por más de una semana mostrándonos sus miserias y sus actitudes insolentes ante sus mandantes. Se comportaron –como lo dijo el diputado Ramírez– como unos “príncipes” en una República que proclama la inexistencia de fueros ni títulos de nobleza. Los que hacen la política, o sea la “búsqueda del bien común”, nos exhibieron de forma impúdica su absoluto desprecio a la ciudadanía y a la realidad nacional.
Expresaron de manera pública que los plebeyos, mendigos, el lumpen y los vasallos, no tienen derecho a saber en qué gastan los recursos públicos provenientes de los impuestos que aplican los “nobles”. Se mostraron insolentes, al punto de afirmar que darían la información cuando “les cantara” y que además sancionarían de manera ejemplar a quien osara filtrar la información celosamente guardada bajo siete llaves.
El que rompía las reglas se exponía a sufrir las consecuencias de los protagonistas de la novela de Eco, El nombre de la rosa. Nuestros legisladores levantaron a pulso la indignación popular. Votaron con sus palabras y gestos en contra de una democracia a la que cada día cuesta más sostenerla en términos filosóficos. Ellos piden a gritos que un dictador los ponga en cintura. No le temen al pueblo y se mofan de manera descarada ante los pedidos de información. Así acabaron las democracias en el mundo, así terminaron por colgar a reyes, príncipes y cortesanos. La Bastilla es siempre un recordatorio de cómo terminan quienes desprecian al pueblo y subestiman su indignación.
Algunos olfateadores del poder tuvieron que salir en pleno del Congreso buscando cesar con esa actitud, conociendo perfectamente los altos costos que podrían llegar a pagar si la rabia de este pueblo manso llegara a explotar. Los legisladores están jugando con fuego y pueden terminar chamuscados y quemados a corto plazo.
Quizás como una consecuencia no querida de esta insolencia legislativa haya sido en la semana la presentación del mejor proyecto de ley de acceso a la información que pondría punto final a este debate sobre el acceso ciudadano a conocer que hacen sus mandatarios en su nombre. Acabarán los infieles, los insolentes y en su camino, las niñeras, amantes, familiares y socios. Tal vez con solo agregarles algo de vergüenza y temor ciudadanos ya valdría la pena aprobar dicha norma. Con solo eso podrían estos mismos insolentes tener conciencia de que están votando indirectamente para que la democracia continúe en el país. Lo contrario ya lo sabemos y en América Latina abundan los casos y en nuestra genética autoritaria, las voces de que la democracia no sirve, tienen más asidero en circunstancias como las actuales.
Antes de que caiga la guillotina sobre el pescuezo de “príncipes” y que los mendigos que suman más de dos millones se rebelen ante esta circunstancia, los legisladores deben apurarse porque están corriendo contra reloj. Parten de la idea que los mendigos se contentan con algo de subsidio, que representa el 2% de lo que pagan a sus niñeras y amantes, y que con algunas pensiones graciables es suficiente, cuando en realidad la bronca ciudadana sigue gritando en silencio una reacción que no solo será sonora, sino incluso violenta a corto plazo.
Por el bien de ellos –que finalmente es la única lógica que manejan– les conviene descomprimir el enojo de los mendigos y vasallos.
De lo contrario... ya saben lo que les espera. No digan después que no se les avisó.