La primera lectura de la misa muestra la invitación que Dios hace a los hombres desde antiguo: Venid a comer mi pan y a beber el vino... Este banquete es una imagen frecuentemente empleada en la Sagrada Escritura para anunciar la llegada del mesías, llena de bienes, y de modo particular es prefiguración de la Sagrada Eucaristía, en la que Cristo se nos da como alimento; y de este manjar nos habla San Juan, recogiendo las palabras finales de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, donde anunció el inefable don que dejaría a los hombres.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, nos dice Jesús: El que coma de este pan, vivirá para siempre. Y un poco más adelante añade: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida... Este es el pan bajado del cielo: No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
La Comunión, como alimento del alma, aumenta la vida sobrenatural del hombre; a la vez, y como consecuencia, da defensas para resistir a lo que en nosotros no es de Dios, aquello que se opone a la unión plena con Cristo. Ayuda a combatir la inclinación al mal y fortalece contra el pecado; aumenta la alegría que procede de Dios, el fervor y la fidelidad a la propia vocación. Al encender la caridad y despertar la contrición por nuestras faltas, borra pecados veniales de los que estamos arrepentidos y preserva de los mortales.
Además, la Sagrada Eucaristía no solo es alimento del alma en su camino hacia Dios, sino prenda de vida eterna y anticipo del cielo. Prenda es la señal que se entrega como garantía del cumplimiento de una promesa. En la Comunión tenemos ya un adelanto de la vida gloriosa y la garantía de alcanzarla, si no traicionamos la fidelidad al Señor.
En una antigua Antífona del culto eucarístico, rezamos: Oh sagrado convite, en el que se recibe a Cristo... el alma se llena de gracia, y se nos da una prenda de la gloria futura. El banquete es imagen muy empleada en la Sagrada Escritura para describir el gozo y la felicidad que alcanzaremos en Dios. El mismo Señor anunció que no bebería ya del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba con vosotros de nuevo, en el reino de mi padre. Hace referencia a un vino nuevo, porque ya no habrá la necesidad del alimento y de la bebida común: Tendremos a Cristo para siempre en una unión vivísima, sin término, sin los velos de la fe. Ahora, en la Comunión, tenemos el anticipo y la garantía de esa unión definitiva, y “hace también presentes a todos los miembros del Cuerpo Místico más allá de las distancias y más allá de la muerte, porque el espacio y el tiempo quedan suprimidos en el Cristo glorioso allí presente”.
¡Qué alegría poder estar con Cristo y entrar de alguna manera en el cielo, ya aquí en la tierra! “Agiganta tu fe en la Sagrada Eucaristía. ¡Pásmate ante esa realidad inefable!: Tenemos a Dios con nosotros, podemos recibirle cada día y, si queremos, hablamos íntimamente con él, como se habla con el amigo, con el hermano, con el padre, como se habla con el Amor”.
En la Comunión, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”, nos enseña el Concilio Vaticano II. Esta gloria eterna no es solo del alma, sino también del cuerpo, de todo el hombre. El Señor hacía referencia al hombre entero cuando prometió que aquel que comiera de él, vivirá por él y no morirá jamás, y que él le resucitará en el último día. La eucaristía proclama la muerte del Señor hasta que venga, al final de los tiempos, cuando tenga lugar la resurrección de los cuerpos y vuelvan a unirse al alma. Así, quienes han sido fieles amarán y gozarán de Dios -con el alma y con el cuerpo- para siempre.
(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal - Tiempo Ordinario).