En ocasión de presentar el cuarto número de la Revista de la Academia Diplomática y Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores, el canciller Eladio Loizaga declaró que dicha institución se encuentra al mismo nivel que otras academias del mundo, y que no existe atraso en términos de profesionalización de la carrera diplomática. La realidad de los hechos contrasta, sin embargo, con la benévola aseveración formulada por el señor ministro.
En primer término, en nuestro servicio exterior aún persiste un número excesivo de designaciones políticas. Prácticamente la mitad de las embajadas que el Paraguay tiene a lo largo y ancho del mundo son dirigidas por personas ajenas al escalafón diplomático y consular del Ministerio de Relaciones Exteriores.
En segundo lugar, nuestro propio diario publicó algunas semanas atrás una información debidamente documentada en la que se informaba de una nutrida lista de directores generales, directores y otros jefes de la Cancillería Nacional que no acreditaron poseer títulos de grado universitario.
“Como en otras instituciones del Estado, el funcionamiento de Relaciones Exteriores está en manos de personas que ingresaron al servicio público no por concurso de méritos ni por probada idoneidad, sino por otras vías que históricamente configuraron un mecanismo en el que la formación académica no era lo esencial, sino el clientelismo, el amiguismo y las famosas recomendaciones de algún político bien posicionado en el poder”, señalaba el artículo publicado el pasado 31 de agosto.
En muchos casos, los nombramientos apuntaban a posicionar a la parentela de jerarcas ubicados en posiciones relevantes del Estado, particularmente exponentes del Partido Colorado. Ante este panorama, cabe preguntarse de qué pueden ufanarse las actuales autoridades del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Es verdad que a partir de la apertura democrática que tuvo lugar en 1989 se registró un esfuerzo por profesionalizar la carrera diplomática, pero el mismo es aún insuficiente, sobre todo si se lo compara con los cuadros de representantes formados en las cancillerías de países vecinos, como Brasil, Chile o Uruguay.
Si lo que pretendemos es desempeñarnos hábilmente en los complejos escenarios internacionales, intentando obtener un máximo provecho del fenómeno globalizador; así como captar todas las oportunidades que se presentan en términos de inversiones y comercio, es preciso trabajar aún más seria y arduamente para contar con un cuerpo de diplomáticos altamente capacitados; funcionarios competitivos que sean capaces de defender con eficiencia los altos intereses de la República a lo largo y ancho del mundo.
Esta tarea formadora debe ser absolutamente prioritaria para las autoridades de una Cancillería moderna, comprometida con la proyección de una nueva imagen del país en la comunidad internacional.