En el pasado y en el presente, la Policía tiene triste memoria. Fue el brazo ejecutor de la barbarie stronista, la tembiguái siempre a las órdenes para apresar de madrugada, torturar, arrojar al río, castrar, violar e incluso asfixiar a niños.
En honor a la verdad -la que no les resta “méritos"- las Fuerzas Armadas no se quedaron atrás. Ni las alcaldías donde los tahachi vestidos con uniforme color cocido yrei cumplían el mismo papel de aquellos bajo la jefatura del delegado de Gobierno.
Es obvio que no todos eran Kururu Pire, Irrazábal, Pastor Coronel, Alberto Cantero, Sapriza, Brítez Borges, Ramón Duarte Vera, José Félix Grau, Aguiar o Benito Guanes Serrano. Todos, sin embargo, eran cómplices por conocimiento y por silencio.
El trabajo más vil siempre estuvo a cargo de la Policía. El que remedaba ser ministro de Educación y Culto, Carlos Ortiz Ramírez, decía que la calle era de la Policía. No solo la calle, también los bares, los clubes, los partidos, los 15 años, las plazas, los asados, los juegos de truco, los quilombos, las sombras de las tres de la tarde, las paredes y los repertorios de los cantores populares también eran sus dominios.
Los pyrague -pies no uniformados de cuerpo, pero uniformados de espíritu- escuchaban, olían, sentían, escrutaban, controlaban, miraban y sabían todo. Eran cronistas -verbales o escritos- de las vidas que entre todos tenían que condenar a las mazmorras, el cruce del río a Clorinda, la pileta o la muerte.
No había nada más repugnante que la Policía stronista.
En el Golpe de febrero del 89 soplaron algunos vientos de cambio. Para comenzar, desapareció la Policía de la Capital para ser Nacional. Detrás de esa reestructuración se fueron al mazo las alcaldías de triste pasado, con sus oficiales de compañía que no eran sino jagua’i de los alcaldes y jefes políticos.
Así como la población de maestros, la de la Policía se fue acrecentando a pasos agigantados. A la inversa, la seguridad fue decreciendo a trancos de cíclope.
La imagen que hoy tiene la Policía no es la que tuvo en la dictadura: es peor porque en aquella época carecían de opción. Y ahora que la tienen, muchos de ellos no han optado por ser honestos, cumplir sus obligaciones y servir al país como corresponde.
Lo de “corramos que viene la Policía” de gente que no asalta ni roba dejó de ser una humorada. Si vienen los vestidos de caqui, hay que ponerse a buen recaudo porque no se sabe si vienen para proteger o para asaltar. Es un chiste, pero no siempre lo es. Que lo digan aquellos que fueron “apretados” por policías.
Y de aquellos que ganan tiempo y dinero haciendo algo “productivo” en sus días de franco, ni hablar. Algunos son descubiertos, pero cuántos seguirán disfrazados de policías esperando su próximo atraco.
La Policía cambiará de uniforme. Por sus antecedentes, perderá el pelo pero no las mañas.