07 abr. 2026

Paraguayos del sol naciente

La inmigración japonesa, que comenzó hace casi 80 años, trajo al Paraguay gente laboriosa que no solo contribuyó al desarrollo del país, sino que también introdujo costumbres que hoy están arraigadas en la cultura nacional. Esta es la historia de una fructífera relación.

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Revista Vida

La pequeña Toyo miró el lugar que le dijeron sería su hogar a partir de ese momento. Mil imágenes había creado su mente infantil durante los dos meses que duró el viaje en barco desde el puerto de Kobe, Japón, a Buenos Aires. A ese largo trayecto le sucedió otro, también en barco, hasta Asunción; y de ahí en tren hasta un lugar llamado Ybytymí. En su imaginación había dibujado montones de veces el maravilloso lugar que –le dijeron– le aguardaba a ella y a su familia en un país de nombre extraño.

Pero esto no era lo que esperaba. Frente a ella solo había una interminable selva verde. Toyo pensó que algo estaba mal. Pero sus padres le confirmaron lo que temía: estaban en el lugar en el que vivirían. A sus siete años, la pequeña descubrió que el futuro sería de lucha y de trabajo. Sin embargo tenía, como sus compatriotas, la tenacidad suficiente para salir adelante.
Aquella soleada jornada de una primavera inminente de 1936 parece lejana en el tiempo, pero los recuerdos de Toyo Suzuki de Kanazawa son tan vívidos como entonces. Y las lágrimas brotan de sus ojos cuando habla sobre las dificultades que tuvieron que superar las 11 familias que llegaron a aquel apartado rincón del departamento de Paraguarí, hoy llamado La Colmena.
La niña del relato es una de las cuatro personas sobrevivientes del primer contingente de inmigrantes japoneses llegados al Paraguay.
Privados
Hoy Toyo tiene 86 años y ya casi no se levanta de su cama, pero su vida es un ejemplo, como las de los otros pioneros que llegaron al Paraguay gracias a los esfuerzos de Kunito Miyasaka, un empresario japonés radicado en Brasil, que fue quien adquirió una propiedad de más de 11.000 hectáreas en nuestro país para que en ella se asentaran sus compatriotas.
Miyasaka había convencido a varias familias de que dejaran Japón y buscaran oportunidades fuera del país. Es decir, la llegada de los inmigrantes asiáticos fue una iniciativa exclusivamente privada. El imperio japonés se había industrializado y estaba en plena expansión, pero aún había gente pobre que buscaba un mejor porvenir.
Quienes llegaron a La Colmena recibieron 20 hectáreas por familia. Al principio, fueron ubicados en una barraca y cada grupo familiar debía construir su casa. Los primeros inmigrantes trajeron consigo semillas de arroz que cultivaron en los humedales cercanos; y para sobrevivir en los primeros meses, adquirían los alimentos en la cercana Ybytymí.
A las 81 personas del primer contingente se les sumaron nuevos grupos familiares que fueron llegando a partir de entonces y hasta 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial interrumpió el flujo de ciudadanos japoneses hasta 1952.
Entre los que arribaron en 1941 se encontraban Tanji Ishibashi, su esposa Masae y sus hijos. Uno de ellos, Tomotaka, cuenta que los agricultores de La Colmena no tenían cómo sacar sus productos hacia otras localidades debido a la inexistencia de caminos, por lo que debían resignarse a cultivar para el autoconsumo. Pero así no se podía progresar y había que buscar nuevos caminos. Tanji Ishibashi tomó a su familia, y con ellos subió a un tren en Ybytymí y partió a Encarnación.
“Apenas nos bajamos en la estación, apresaron a mi papá”, recuerda Tomotaka. La Segunda Guerra Mundial estaba terminando y Paraguay, por presión de Estados Unidos, le había declarado la guerra a los enemigos de los Aliados: Japón estaba entre ellos.
Por fortuna, la prisión no duró mucho e Ishibashi se trasladó a la zona alta de Encarnación. Encontró a una familia alemana que le cedió una finca a cambio de la limpieza y cosecha de 14 hectáreas de tung. Trabajando 20 horas por día, y ayudado por sus hijos de 6 y 8 años, el inmigrante cosechó la totalidad de la producción.
El propietario de la finca estaba sorprendido; el menudo oriental pudo realizar la tarea que 20 hombres no habían conseguido hacer. Le ofreció quedarse en la granja y durante cinco años Ishibashi se dedicó a cultivar.
Con una hectárea a su disposición, Tanji Ishibashi plantó hortalizas que eran demandadas por otros inmigrantes asentados en Itapúa, principalmente los exsúbditos del Imperio Otomano. Se convirtió en el primer productor del departamento y pudo ahorrar y tener un capital.
La Guerra Civil de 1947 se había ensañado con muchos compatriotas y también con los extranjeros. El bando vencedor aprovechó la ocasión y se quedó, por la fuerza, con propiedades ajenas. Debido a estos atropellos, dos argentinos, dueños de una finca sobre el arroyo Santa María, quisieron dejar el país, por lo que ofrecieron su granja a Ishibashi a un precio favorable. Él la adquirió y empezó a producir lechuga, perejil, berro y otras verduras, que en verano no se consumían porque no se cultivaban. Su esposa, Masae, vestida con una jardinera, transportaba a caballo la producción de la granja para venderla en Encarnación. Venían a comprarle incluso desde Posadas.
Progreso y nueva gente
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En Paraguay residen al menos 3.684 ciudadanos japoneses.

Tanji Ishibashi consiguió una buena posición económica, y con Hisazaku Kasamatsu conformó la Nippo Paraguaya de Colonización. En 1952 se reanudaron las relaciones diplomáticas entre Argentina y Japón, lo que permitió la visita del primer embajador japonés al Paraguay, Nobuyuki Oshima, quien se reunió con ambos inmigrantes para llevar adelante la segunda colonización japonesa.
En 1953 fue creada la colonia Federico Chaves en una superficie de 3.600 hectáreas, en el distrito de Capitán Miranda, y los resultados positivos de la producción de sus colonos abrieron las puertas a la llegada de más inmigrantes.
“Los agricultores obtuvieron productos que eran el doble del tamaño que los del Japón. Sacaron fotos para que vieran allá lo fértil que era la tierra en Paraguay. El entusiasmo fue muy grande y más familias se anotaron para venir”, relata Tomotaka Ishibashi.
Ante la masiva llegada de colonos, Tanji adquirió en 1955 otras 2.000 hectáreas de tierra de la colonia Fram, que lindaba con Federico Chaves. Y un año después, el Gobierno de Japón creó la compañía Pro Fomento de la Inmigración Japonesa, que –por intermedio de los funcionarios locales Manabú Ishibashi (hijo de Tanji) y Tooru Inoue– adquirió otras 14.000 hectáreas, también dependientes de Fram. En 1971, el nuevo asentamiento se convertiría en el distrito de La Paz.
En 1960 se crea la colonia Alto Paraná, que después cambiaría su nombre por el actual de Pirapó, en una superficie de 84.200 hectáreas, bajo la coordinación de Manabú Ishibashi y Tooru Inoue. Manabú también fundaría en 1961, en una superficie de 87.762 hectáreas, la colonia Yguazú, la cuarta desde que su padre Tanji iniciara las gestiones para la llegada de inmigrantes.
Herencia
El trato del Paraguay a los ciudadanos japoneses estimuló a otros súbditos a emigrar hacia nuestro país, y fue reconocido por las autoridades niponas mediante la concesión de cooperación técnica y la remisión de ayuda financiera no reembolsable, sin olvidar las obras de desarrollo e infraestructura. Las que se hicieron en las colonias de Itapúa ayudaron a la vuelta de los inmigrantes europeos que habían dejado el país para radicarse en Argentina, primero por los atropellos sufridos después del 47 y después por la falta de caminos para sacar sus productos.
Mediante la cooperación no reembolsable, nacieron el Centro de Desarrollo Forestal, el Centro de Mecanización Agrícola y el Centro Regional de Investigación Agrícola, todos en Itapúa. Y en Asunción: Lacimet, el Centro Paraguayo-Japonés, el colegio técnico Carlos A. López, el Inpro, el Laboratorio Nacional de Inseminación Artificial de Animales, el Hospital Nacional del Cáncer y el Quemado, el Instituto de Investigación de la Salud, entre otros.
La inmigración japonesa trajo al Paraguay progreso y desarrollo materiales, es cierto, pero además cambió hábitos culturales que hoy, por cotidianos, quizás no se perciban como una herencia de los pioneros nipones.
El ingeniero Richard Moriya, presidente del Centro Nikkei Paraguayo, resalta que el paraguayo actual aprendió a comer verduras en forma y variedades que eran desconocidas antes de la llegada de los orientales. “El cultivo de soja, también empezó con los japoneses”, asegura Moriya. Asimismo, gracias a los japoneses se introdujo en Paraguay el sistema de siembra directa, que permitió evitar la erosión del suelo para el cultivo de soja y trigo.
Otras áreas de la cultura paraguaya también reciben la influencia nipona, si bien son manifestaciones extendidas a otras partes del orbe. Hoy, los jóvenes y adultos hacen karaoke, cosplay, consumen animé y manga, fenómenos culturales originarios del Japón, que a la vez son un vehículo para la transmisión de sus valores.
El legado material y cultural de la inmigración japonesa ayudó a conformar el Paraguay actual. Los ciudadanos de un país que está a medio mundo de distancia del nuestro tuvieron y tienen una influencia como quizás no la tiene ninguna otra comunidad. Es la historia de una buena amistad.
Fotos: Javier Valdez /Gentileza

Modelos Nikkeis, Kimono y Yukata japoneses: gentileza del Centro Nikkei Paraguayo

La casa sin clavos

Vive en una de las primeras casas de La Colmena, que se mantiene en pie, sólida y confortable, con árboles de cerezo y ciruelo en el patio, donde también hay ejemplares de camelia y manryu, una fruta roja y pequeña que se utiliza en ikebana. Junko Nara de Seki es feliz en su hogar y no lo cambiaría por ningún otro lugar en el mundo.
Su vivienda fue construida por un arquitecto japonés, inmigrante como ella, con la antigua técnica de construcción aprendida en su país, es decir, con las partes encastradas, sin usar clavos, para resistir los sismos.

En 1936, Toyo era un bebé en brazos de su madre, y una foto sacada en el puerto de Kobe lo certifica. Es una de las 81 personas que en aquel entonces se embarcaron rumbo al Paraguay, a una nueva vida. Toyo solo estuvo en Japón una vez y le pareció un país maravilloso, con una variedad de comidas que no conocía. “Pero a la semana ya quería volver, porque extrañaba el puchero con mandioca”, afirma.

Localidades con presencia japonesa:

La Colmena, Federico Chaves, La Paz, Pirapó, Yguazú, Pedro Juan Caballero, Ciudad del Este, Encarnación y Asunción.

Festejo octogenario

En 2016, la comunidad japonesa en Paraguay celebrará el aniversario número 80 de la llegada del primer contingente de inmigrantes. La Colmena, el primer asentamiento de los ciudadanos nipones, tendrá una importancia central en la celebración de la fecha, cuenta Michio Ishibashi, director de Relaciones Públicas de la Comisión Ejecutiva del 80º Aniversario de la Inmigración Japonesa al Paraguay.

En esa ciudad se encuentra el museo Hideho Tanaka, que funciona en la que fuera la casa de dicho médico pionero, y que guarda imágenes y objetos de los primeros inmigrantes. Es un lugar de visita ineludible para quienes pasan por La Colmena. En la plaza, un monumento y un monolito homenajean a Kunito Miyasaka y a los pioneros de la inmigración. Gratitud para ellos.

Integración efectiva y afectiva

Tomotaka Ishibashi muestra cómo se toman los palitos que se usan en la comida. Está tratando, sin éxito, de que aprendamos a comer como los japoneses.
Estamos en el restaurante Hiroshima, la última estación de un viaje que se inició un par de días antes en la visita a La Colmena. Nuestro anfitrión, al final, acepta que usemos el cuchillo y tenedor para llevar a la boca el salmón que ordenó para nosotros.
Ishibashi mantiene y difunde las tradiciones japonesas, pero al mismo tiempo está convencido de que los inmigrantes deben integrarse al país que lo acogió.
Con los otros nisei (japoneses de segunda generación nacidos fuera de Japón), decidieron que la mejor manera de integrarse era casándose con paraguayos y paraguayas. Tomotaka dio el ejemplo con Maximina Florentín. Sus hijos también lo hicieron: Eduardo Michio con Zulma Portillo, Alberto Tomio con Leila Melgarejo y Humberto Mitsuo con Jorgelina Cano.
“Como lo hizo mi padre, Tanji, puse mi vida al servicio de la inmigración japonesa. La formación de colonias en Itapúa, que empezó él, fue continuada por sus hijos, y gracias a eso fue posible la cooperación técnica japonesa”, afirma. Tomotaka.

Fue funcionario de la JICA, y tras 41 años de trabajo, Ishibashi se jubiló, pero sigue al servicio de los inmigrantes. Y repite con orgullo que en la comunidad japonesa, hasta hoy, no se conoce que alguno de sus miembros haya estado involucrado en delitos. Su misión está cumplida.

CIFRAS

5.800 son los descendientes de japoneses que viven en el país
3.684 es la cantidad de ciudadanos japoneses residentes en Paraguay.
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