15 abr. 2026

Paraguay nuclear

Hace 55 años, en 1968, se inauguró la central hidroeléctrica Acaray. Hasta entonces toda la energía eléctrica del país era producida a base de usinas térmicas, alimentadas principalmente con hidrocarburos importados. El país requería más energía para su desarrollo, pero aparte del río Acaray no existían otros ríos nacionales con condiciones para aportar significativas cantidades adicionales. Ampliar las centrales térmicas no era una solución atractiva por el costo del combustible, que representaba una pesada carga en la balanza de pagos del país y una incómoda dependencia del acceso fluvial por el río Paraná.

Ante este escenario el entonces presidente de la ANDE, Ing. Enzo Debernardi, vislumbró como alternativa la construcción de usinas nucleares. Estas tienen un reducido costo de operación y no requieren un flujo constante de combustible. Con este fin, el Gobierno obtuvo becas de la Agencia Internacional de Energía Atómica, y un pequeño grupo de jóvenes universitarios paraguayos –quien escribe estas líneas uno de ellos– viajaron a Europa y EEUU a principios de la década de 1960 con la misión de graduarse en Física e Ingeniería Nuclear. Pero el acuerdo con el Brasil, firmado en 1966, que llevó a la construcción de Itaipú disipó cualquier interés en la opción nuclear. De los que se habían formado en esa rama profesional, algunos regresaron para dedicarse a otras actividades y otros quedaron a trabajar en el exterior.

Es así como, desde la inauguración de la usina de Acaray hasta hoy, en ningún momento hemos sufrido carencia en la provisión de energía eléctrica, una situación envidiable desde cualquier punto de vista. Cara o barata, nunca nos faltó.

Sin embargo, hoy el fantasma de la escasez energética de nuevo nos acecha. Durante años nuestros picos de consumo no han excedido la potencia disponible de las hidroeléctricas, pero año a año nuestra demanda aumenta, alimentada por el crecimiento poblacional, la instalación de nuevas industrias electrointensivas y la mayor utilización de electrodomésticos, especialmente aire acondicionado. A esto se debe sumar la conversión del parque automotor a movilidad eléctrica, una tendencia mundial.

Así como en los años 50, nuestras oportunidades de expansión hidroeléctrica son limitadas. Existen alternativas solares y eólicas, cada vez más eficientes y económicas, pero tienen el grave inconveniente de la intermitencia: sin sol o sin viento, nada producen. Usinas térmicas basadas en combustibles fósiles son objetadas por su generación de gases invernadero y es cada vez más difícil obtener financiamiento para construirlas. Por un tiempo podremos paliar la carencia con medidas parciales como baterías de almacenamiento o agregando turbinas a las represas para operarlas en modalidad de pico, pero no son soluciones para el mediano plazo.

La energía nuclear es, para nosotros, la única alternativa viable a la hidroeléctrica para la generación eléctrica constante y a gran escala sin contribuir al cambio climático. A pesar de un par de accidentes que fueron noticia, son notoriamente seguras: Francia, con 56, China con 53 y EEUU con 93 reactores de gran porte operando desde hace 50 años nunca tuvieron un accidente fatal. Recientemente el presidente Macron de Francia se comprometió a construir 14 nuevas usinas nucleares para el año 2050.

Desde los años 70 a esta parte hubo enorme progreso en la eficiencia y costo de las usinas nucleares. Nuevos diseños modulares, de menor tamaño y más económicos, ofrecen soluciones accesibles, pero planificar, proyectar y construirlos lleva al menos una década. No hay tiempo que perder.

Siguiendo el ejemplo del visionario ingeniero Debernardi, debemos decidirnos a preparar a nuestro país para su futuro nuclear.

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