23 may. 2026

Papá por siempre

Pese a los contratiempos, Pablo Leguizamón tiene claras sus prioridades: sus dos hijos, a los que se dedica por entero.

Papá de Quiindy.jpg

Revista Vida

Fotos: Fernando Franceschelli

El frondoso árbol de mango recibe a los visitantes en la casa ubicada en el barrio Amistad de Quiindy. El periodista podría utilizar la metáfora del árbol de mango para graficar la fortaleza, protección y cuidado que Pablo Alberto Leguizamón (48) brinda a Paulo Ignacio (9) y Montserrat (17), dos de sus cinco hijos que viven con él desde 2010. Vea en los siguientes párrafos cómo la palabra amor se transforma de sustantivo a verbo en este hogar quiindyense, distante unos 110 kilómetros de Asunción.
Nacimiento
“Ejumi ko’ape che ra’y”. La voz cariñosa de Pablo invita a su hijito a mirar los dibujos en la carpeta amarilla que tiene en la mano. Son las tareas que el niño hizo durante el año. “Manzana, banana, uva, perro, gato, casa”, describe Paulito cuando su padre le pregunta qué figuras ve. "¡¡¡Muy bieeenn!”, es la exclamación emocionada del progenitor al pasar la última hoja, premiando con abrazos y besos la dedicación de su retoño.
La felicidad del padre es más que justificada. El esfuerzo por la familia se centra especialmente en su hijo, que padece de síndrome de Moebius. Esta enfermedad, cuya causa exacta es aún desconocida por médicos y científicos, abarca a los nervios craneales 6.° y 7.°. A consecuencia de esto, los músculos de la cara son afectados en su motricidad y también en el movimiento de los ojos.
Pablo cuenta cómo se iniciaron los problemas de Paulito el día en que nació. El alumbramiento estaba previsto para la mañana, pero cuando el parto estaba empezando se acabó el oxígeno. Solo desde Asunción podían enviar más, y por esta razón su madre dio a luz recién en horas de la noche.
“24 horas después de haber nacido tuvo una convulsión y una serie de problemas, se complicó todo. A los dos meses, se enfermó y lo llevamos al materno infantil. Estuvo internado durante 17 días y le hicieron todos los estudios. Ahí nos dijeron que tenía síndrome de Moebius. Les conté lo que había pasado cuando iba a nacer y pensaron que podía ser por ese retraso que hubo. Pero nada es seguro, ya que no se sabe la causa real de esta enfermedad”, explica el padre del niño.
Renacimiento
Desde que le detectaron el problema a su hijo, Pablo fue recorriendo sitios en busca de tratamiento. El Materno Infantil de San Lorenzo, el Hospital Pediátrico Acosta Ñu y el Instituto Nacional de Protección a Personas Excepcionales (Inpro) fueron algunos de los lugares por los cuales peregrinó con su familia, evoca.
“Donde nos decían, íbamos y hacíamos todos los estudios que nos pedían. Nos dijeron que solo hasta un punto podía avanzar, porque el nervio no se había desarrollado”, describe Leguizamón. Recuerda además que su hijo no caminaba y apenas podía sostener el cuello. Verlo así hacía que se diluyeran las esperanzas de mejoría a futuro.
“Procuramos mucho por él. Su mamá también le llevaba donde le recomendaban. Gracias a Dios y a todo el esfuerzo que hicimos, empezó a caminar a los tres años. Nos ayudó bastante también que haya una sede de Teletón acá en Paraguarí. Ahí mejoró mucho y ahora está muy bien. Le hicieron fisioterapia en el rostro y otros tratamientos. Antes no podía masticar ni comer carne, solo si estaba licuada. Ahora ya puede comer masticando”, cuenta el padre del niño, que lleva a su hijo a sus sesiones en Teletón cada dos semanas.
La batalla
Pablo conoce de luchas, y no tiene ningún empacho en hacerle frente a la situación cuando falta el pan en la casa. En la Junta de Saneamiento de Quiindy se encarga de atender reclamos, reparar caños rotos, hacer lecturas de medidores, entre otras tareas relacionadas con la plomería. Hubo un tiempo en que, cuando los números no alcanzaban —nunca alcanzan con un sueldo mínimo como el suyo, más teniendo a Paulito— salía a recoger latitas de aluminio y botellitas de plástico para venderlas por kilo. Pero eso quedó atrás. Y explica por qué.
“Antes valía la pena porque alcanzaba para algo lo que pagaban por kilo. Ahora casi ya no se compra, porque los depósitos están llenos. Si es que alguno lo hace, te ofrece apenas 300 guaraníes por kilo. Eso no sirve de nada”, detalla. A ello le suma otro drama que trajo consigo el cambio de ruta en la zona donde vive. Al igual que muchos comerciantes que dependían del flujo vehicular para vender pelotas, este sostén del hogar también fue perjudicado por el desvío del tramo vial que está a unos kilómetros de su hogar.
Ejemplo
¿Y la madre de los niños? Esta pregunta se la habrá hecho varias veces a lo largo de la lectura, lector/a. Ella está separada del padre, en buenos términos y sin rencores de por medio, refiere Pablo. Actualmente trabaja en Buenos Aires, donde están los tres hermanos mayores de Paulo y Monserrat, cuyas edades son de 25, 23 y 20 años respectivamente.
Con la devaluación del peso argentino, poco y nada pueden ayudar en la economía familiar, dice el padre. “Incluso yo mismo les pido que no manden más dinero para no perjudicarles. Entre el envío y el giro no queda nada”, dice resignado.
El arandu ka’aty está presente en las palabras de Leguizamón, cuya formación académica llega hasta el tercer curso (hoy noveno grado). Con sus propias manos se ingenió para crear juegos y elementos para que Paulito se ejercite. Un préstamo de la cooperativa le sirvió para retirar una computadora, con la cual le enseña figuras al pequeño, además de ser un elemento muy valioso para que su hija realice las tareas del colegio.
Esa habilidad con las manos de Pablo, aprendida por él mismo, se ve en el hornito y brasero que están en el patio de su casa. “Mi papá es un capo”, expresa de manera acertada su hija Montserrat, describiendo de la mejor manera a su progenitor.
Pablo es un modelo a seguir no solamente como padre sino también como ciudadano. Llegó a ser capitán en la Compañía de Bomberos y ahora es uno más entre los combatientes que transmiten fortaleza y decisión a sus camaradas. “Decidí hacerme bombero por una experiencia que tuve. Cuando vivía solo se quemó parte de mi casa”, relata el padre de familia y alumno con honores en la escuela de la vida.
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Si quiere ayudar
El pequeño Paulo Ignacio asiste a un grado especial en la escuela Andrés Bello. Y su hermana Montserrat pasó al tercero de la Media. El sueño de ella es ser fisioterapeuta, para asistir a su hermanito y a otros niños en su misma situación. Si alguien quiere prestar algún tipo de ayuda a Pablo Leguizamón, su padre, puede comunicarse con él al (0971) 569-268.

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