13 abr. 2024

Pablo Neruda y una desconocida carta al Paraguay

El 12 de julio se celebra el nacimiento del gran poeta chileno, Premio Nobel de Literatura, cuyos versos han conmovido al mundo. Uno de sus escritos está dedicado casi con nostalgia a nuestro país.

El poeta chileno Pablo Neruda, con su amigo y colega paraguayo Elvio Romero, en Isla Negra.

El poeta chileno Pablo Neruda, con su amigo y colega paraguayo Elvio Romero, en Isla Negra.

Antonio V. Pecci

Periodista e investigador

Entre las alegrías que nos ofrece el hurgar textos y fotos antiguas, leer historias de vida, una de ellas, sin duda, es encontrar datos y textos desconocidos que aluden a nuestro país.

¿Quién sabe, por si acaso, que Julio Cortázar visitó Asunción en su juventud? ¿Quién sabe de la amistad personal del Che Guevara con un gran dirigente social y político de nuestro país, Obdulio Barthe, a quien la casualidad hizo que aterrizara en Guatemala y trabaran lazos muy fuertes con el argentino durante muchos años? ¿Quién sabe del hermoso y conmovedor poema de Juana de Ibarbourou sobre la Guerra del Chaco? Así podríamos ir evocando datos importantes que tienen que ver con nuestra historia literaria y política, con notables figuras extranjeras.

Muchas veces, la pasión política se une a la pulsión poética, como en el caso del poema del cubanísimo Nicolás Guillén, dedicado a nuestra tierra, en la persona de dos grandes exiliados con quienes trabó amistad en Buenos Aires: José Asunción Flores y Elvio Romero. A ellos dedicó los entrañables versos Hacia el Paraguay lejano.

En otras, es el haber conocido a una persona nacida en estas tierras y que supo estar en distintos países del continente e impactaba por su personalidad, como nos decía en un diálogo que mantuvimos con el gran escritor argentino Adolfo Bioy Casares en 1999, en su departamento. Y evocaba con lágrimas en los ojos al mariscal José Félix Estigarribia, quien era amigo de su padre y solía visitar su casa, destacando su educación y trato sencillo. Y su deseo de conocer Asunción.

Hace un tiempo nos hemos topado con un texto estremecedor del notable poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973), Premio Nobel de Literatura 1971. El escritor aparece en una selección editada póstumamente por su viuda Matilde Urrutia y Miguel Otero Silva, quienes, rescatando páginas escritas en diversas épocas de su vida, encuentran uno dedicado a la tierra guaraní y lo publican en el libro Para nacer he nacido, publicado por Seix Barral, en 1977.

El texto conlleva admiración hacia este territorio, que imagina pleno de misterio y heroicas luchas, el que para el poeta tenía este país y su gente, a muchas de las cuales había conocido en el exilio argentino, como el caso de Augusto Roa Bastos, José Asunción Flores, Hérib Campos Cervera y Elvio Romero, con quienes trabó amistad en Buenos Aires, a fines de la década de los 40. Es más, en su casa de Isla Negra, Chile, tiempo después, recibiría en varias ocasiones al creador de la guarania y a Elvio Romero.

Con Elvio estableció un lazo de amistad muy fuerte, en razón de su valiosa poesía y su común adhesión política. A tal punto fue esa trabazón de amistad e ideales, que el autor de Los innombrables fue el único escritor paraguayo invitado en 1954 a Isla Negra por Neruda, en ocasión de cumplir este 50 años de vida, donde concurrió un selecto grupo de escritores y artistas de todo el mundo. Algún día debería publicarse la correspondencia entre el gigante de la lírica latinoamericana y el notable escritor paraguayo.

UNA VISIÓN DEL PARAGUAY

¿Qué motivaron estos versos en prosa? Fue, sin duda, a través de estas amistades y sus permanentes lecturas sobre la realidad latinoamericana, que Neruda se informaba también sobre los sucesos de la tierra originaria de sus amigos. En 1948, cuando, huyendo de la persecución política entablada por el Gobierno de su país, el poeta trasandino recaló en Buenos Aires, pudo escuchar en la voz de sus nuevos amigos paraguayos la tragedia de la Revolución del 47, que le impresionó hondamente, al igual que a Nicolás Guillén, al español Rafael Alberti, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también premio nobel de Literatura.

Todos ellos exiliados en el gran polo cultural que era la capital porteña, sobreviviendo como podían, aunque gozaban ya de una de fama notable. Se encontraron con las dramáticas historias de miles de hombres y mujeres arrojados de su tierra a la Argentina y también con muestras de la cultura que traían a cuestas, como los textos poéticos y los recitales de guaranias y polcas que se ofrecían en diversos locales de la capital porteña.

Pero Neruda continuó su camino, su peregrinar, para huir de la persecución del gobierno de Gabriel González Videla (1946-1952). El poeta había llegado a ocupar un escaño en el Senado, en representación del Partido Comunista. Desde ese lugar denunció abusos y arbitrariedades que molestaron al Gobierno, que sacó una orden de detención contra el escritor y lo obligó a un largo periodo de vida clandestina en su país, hasta lograr cruzar a caballo la Cordillera de los Andes, hacia el lado argentino. Desde allí a Buenos Aires, donde permaneció un tiempo, para volar hacia México y luego a París. Es en esta ciudad —donde permaneció varios meses— en que echa una mirada hacia América Latina y rememora su estadía en varios países, escritos que integrarán el citado libro, considerado la segunda parte de su excelente biografía Para nacer he nacido. Conocía casi todos los países sudamericanos, menos el Paraguay, un país escondido, enclaustrado en su mediterraneidad. Y que para muchos era una incógnita.

CON SU MIRADA LATINOAMERICANA

El texto en prosa con dicho título fue publicado originalmente en la revista Pro-Arte, en Santiago de Chile, en noviembre de 1950. Pero es de presumir que fue escrito hacia 1949, un tiempo después de su llegada a París, esperando volver a estas latitudes. Si bien en la capital gala está rodeado de amigos y de eventos culturales maravillosos, el poeta siente nostalgia hacia Temuco, hacia su patria, y hacia los países latinoamericanos que ha visitado.

Explica: “Vivo detrás de Notre-Dame, junto al Sena (…) La Catedral es una barca más grande que eleva como un mástil su flecha de piedra bordada. Y en las mañanas me asomo a ver si aún está, junto al río, la nave catedralicia, si sus marineros tallados en el antiguo granito no han dado la orden, cuando las tinieblas cubren el mundo, de zarpar, de irse navegando a través de los mares. Yo quiero que me lleve. Me gustaría entrar por el río Amazonas en esta embarcación gigante, vagar por los estuarios, indagar los afluentes y quedarme de pronto en cualquier punto de la América amada hasta que las lianas salvajes hagan un nuevo manto verde sobre la vieja catedral y los pájaros azules le den un nuevo brillo de vitrales”.

Se embarca, entonces en esa travesía imaginaria en que quiere ir andando a caballo hacia Puerto Natales, en la Patagonia, entre ovejas y prados verdes. Recorre Venezuela, quiere entrar de nuevo en los mercados de México, y así va visitando países. Hasta que, de pronto, sus ojos se posan en un punto lejano y desconocido. Y así escribe este extraño y conmovedor texto con el título que agrupa esos viajes imaginarios.

Vámonos al Paraguay

Pablo Neruda

Yo no conozco el Paraguay.
Así como hay hombres que se estremecen de delicia al pensar que no han leído cierto libro de Dumas o de Kafka o de Balzac o de Laforgue, porque saben que algún día lo tendrán en sus manos, abrirán una a una sus páginas y de ellas saldrán la frescura o la fatiga, la tristeza o la dulzura que buscaban, así yo pienso con delicia en que no conozco el Paraguay, y que la vida me reserva el Paraguay, un recinto profundo, una cúpula incomparable, una nueva sumersión en lo humano.
Cuando el Paraguay sea libre, cuando nuestra América sea libre, cuando sus pueblos se hablen y se den la mano a través de los muros de aire que ahora nos encierran, entonces, vámonos al Paraguay.
Quiero ver allí donde sufrieron y vencieron los míos y los otros.
Allí la tierra tiene costurones resecos, las zarzas salvajes en la espesura guardan jirones de soldado.
Allí las prisiones han trepidado con el martirio.
Hay allí una escuela de heroísmo y una tierra regada con sangre áspera.
Yo quiero tocar esos muros, en los que tal vez mi hermano escribió mi nombre y quiero leer allí por primera vez, con primeros ojos, mi nombre, y aprenderlo de nuevo.
Porque aquellos que me llamaron entonces, me llamaron en vano y no pude acudir.

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