Mi nombre es Ricardo Jorge Valenzuela Ríos. Nací en Asunción el 13 de diciembre de 1954. Tengo 71 años. Mi historia comienza en el seno de una familia sencilla.
Mi papá era piloto aviador militar y mi mamá una mujer muy amable, sabía tratar a la gente, muy despierta y dada a los demás. Éramos tres hermanos y yo soy el mayor. Tenía un hermano que falleció hace nueve años y una hermana que actualmente vive y está casada. Entre ambos tienen cuatro hijos cada uno, y en total tengo ocho sobrinos.
Mi infancia la viví en la aviación militar, en Luque, porque mi papá trabajaba en la Fuerza Aérea. Él volaba a menudo en el transporte aéreo militar y muchas veces yo le acompañaba. Para mí, era una aventura muy grande volar con mi papá. Fueron recuerdos muy marcados que quedaron grabados en mi niñez.
Realicé mis primeros tres grados en la escuela Presidente Stroessner. Luego cuarto, quinto y sexto grado los hice en la escuela pública General Aquino. Posteriormente, nos mudamos a Asunción al barrio Villa Guaraní, zona Carmelitas, donde ingresé al Liceo Militar de Asunción y estuve dos años.
Salí por motivos de salud de mi mamá y continué dos años en el colegio Inocencio Lezcano. Finalmente, ingresé al Colegio Seminario Metropolitano donde terminé el bachillerato. Después fui a estudiar Medicina en Corrientes, Argentina, porque me gustaba mucho.
Estuve allí dos años y fue en ese tiempo cuando descubrí mi vocación sacerdotal. Recuerdo que el contacto con los cadáveres en la morgue me hizo reflexionar profundamente.
Sentí que un día mi vida también iba a terminar así y dentro de mí escuchaba como una voz que me decía:
“Ricardo, quienes curen el cuerpo ya tengo muchos, pero quienes curen el alma es lo que me hace falta”. Eso me llevó a interesarme cada vez más por las cosas de Dios. Cuando terminé el segundo curso, decidí volver al Paraguay.
CAMBIO RADICAL
En ese momento tenía dudas, porque también tenía una novia que me gustaba. Fui a hablar con un sacerdote y él me contó la anécdota de un campesino que llevó a su burro al establo y le puso comida y agua. El burro no se decidió por cuál elegir primero y murió por indecisión. Me dijo que eso me podía pasar si no tomaba una decisión. Aquello me impactó profundamente. Pensé que no podía decidir sobre algo que no conocía, así que opté por ingresar al Seminario para conocer esa vida y dejé de lado a la chica.
Desde ese momento traté siempre de evitar las distracciones. Considero que la distracción produce errores y accidentes. Esa disciplina me acompañó durante toda mi formación sacerdotal y posteriormente en mi vida pastoral.
Me ordené sacerdote el 12 de diciembre de 1982. Después de mi ordenación estuve primero en dos parroquias. Luego el arzobispo Ismael Rolón me envió a Roma a estudiar Derecho Canónico, donde permanecí dos años y medio. Al volver me convertí en profesor en la Facultad de Teología y enseñaba en colegios, mientras ejercía como párroco.
En 1994 el papa Juan Pablo II me nombró obispo, iniciando una nueva etapa en mi vida. Fui ordenado obispo el 6 de enero de ese mismo año. Desde entonces llevo casi 32 años de ministerio episcopal, sirviendo en distintas diócesis.
He servido en Asunción, San Lorenzo, la Diócesis Castrense, Villarrica, Ciudad del Este y, finalmente, Caacupé. Cada una de estas experiencias me fue formando.
Aquí en Caacupé la dinámica es permanente porque la Basílica es nacional e internacional, con movimiento constante de peregrinos.
En mi experiencia pastoral aprendí tres cosas fundamentales. Primero, que la gente quiere un buen sacerdote que dé ejemplo y testimonio. Segundo, que todas las celebraciones deben hacerse con solemnidad. Y tercero, que la homilía debe prepararse bien para que el mensaje llegue a la gente.
APUESTA A LOS JÓVENES
Siempre me gustó trabajar con la juventud porque es apostar al futuro. Durante 14 años estuve como responsable de la juventud en la Conferencia Episcopal.
En ese tiempo surgió la idea de la Cruz Peregrina en el año 2006. Mandé a hacer una cruz igual a la internacional y comenzó la peregrinación nacional de jóvenes que continúa hasta hoy. Fue una experiencia muy profunda ver cómo caló en los jóvenes.
Otra experiencia importante ha sido las visitas pastorales. Me gusta quedarme una semana en cada parroquia y recorrer todo.
Recuerdo especialmente cuando fui a la Chacarita en Asunción. Me acerqué primero a los niños y ellos me acompañaron por todas partes. Fue una experiencia muy linda, porque con los inocentes se entra en cualquier parte.
Hoy veo una realidad difícil, con mucha confusión. Creo que muchos líderes se han perdido detrás de ambiciones personales y se desentendieron del pueblo.
Hace falta recuperar el liderazgo auténtico, íntegro, honesto y con vocación de servicio. Parece que somos un país sin cabeza, donde cada uno hace lo que quiere y no se respetan las leyes.
Cuando hay problemas considero importante retirarse a la soledad, reunificarse y pedir sabiduría. La oración y el silencio ayudan a preparar los mensajes que realmente interpelan a la gente. No se trata de hablar por cumplir, sino de transmitir algo que llegue al corazón.
Sueño con que nuestro pueblo recupere su dignidad de hijos de Dios. Que a nadie le falte techo, pan, salud ni educación. Los niños me piden tres cosas: Unidad familiar, seguridad y honestidad. Ellos se dan cuenta de la corrupción y del ambiente difícil que vivimos, y desean una sociedad más justa.
SU ANHELO
Me gustaría que me recuerden como un pastor que dejó huellas por donde pasó. Un pastor cercano, paciente, que sabe escuchar y acompañar. Ese es el sueño del buen pastor: Reunir a todos como una familia.
A los jóvenes les diría que construyan el futuro rescatando los valores morales, cristianos y también los valores patrióticos. Que practiquen el buen trato, la honestidad y la disciplina. Los valores jamás pasan. Apostar por ellos siempre dará frutos y permitirá construir algo bueno, serio y grande.
- Cuando hay problemas considero que es importante retirarse a la soledad, reunificarse y pedir sabiduría. La oración y el silencio ayudan.