Opinión

Nuevas alas de gloria

Carolina Cuenca

Salí con un gran contento del teaser del primer largometraje animado paraguayo que están produciendo a todo pulmón los amigos de Kili Estudios y Otromundo Audiovisual. Son chicos jóvenes, sencillos, muy abiertos a la realidad y, a la vez, tienen ese ímpetu emprendedor que daría gusto poder inyectar con alguna vacuna en nuestra famosa sangre guaraní para volver a darle esa energía positiva y esa pureza de corazón que hace grandes los más simples detalles de la vida, y de la que tanta nostalgia tenemos los paraguayos.

Justamente, la obra Alas de gloria rescata del olvido y destaca las hazañas de otros jóvenes paraguayos que, a principios del siglo XX, dieron muestras de ingenio, valor y heroísmo en los combates aéreos que protagonizaron en la Guerra del Chaco, con las ya típicas características de las luchas que enfrentamos los paraguayos hasta hoy: desigualdad de condiciones materiales en contra, compensadas con un enorme sentido del deber, una libertad creativa que sabe darle vuelco a la adversidad a fuerza de inspiración, sentido común y sacrificio.

De alguna manera, toda obra cultural entraña esta nobleza intrínseca de iluminar y manifestar lo que en silencio la mayoría atesora, aun sin darse cuenta de ello. Y no se trata de que no tengamos que buscar el éxito o el dinero en la cultura, no se trata de tratar de imponer un estoicismo como una carga a nuestros artistas y productores culturales al pedirles belleza y exigirles perfección, sin ambiciones terrenales de éxito; al contrario, creo que deberíamos plantearnos seriamente abandonar este discurso pauperista y apocado de que “lo nuestro” solo se puede manifestar mediocremente, sin brillo y sin recompensas materiales para los artistas.

Se trata más bien de que ese deseo de éxito esperado al producir una obra se base en algo genuino, verdadero y que al transmitirlo no se manosee lo esencial. Que sea tan especial su tratamiento porque saldrá a resplandecer en ella, en la obra, un tesoro colectivo lábil y delicado, un valor, un memorial honorable de aquello que nos mueve como comunidad y que no se resigna a morir, a pesar de todos los obstáculos y las dificultades que pasamos.

En este sentido, es maravilloso ver a los chicos que hacen obras culturales ser impulsados por un deseo auténtico de hacer arte, por una verdadera inspiración. La realidad, la historia, les ha aportado hechos, materia prima exquisita, historias de vidas singulares, dolores antiguos, esperanzas que se extienden en el tiempo, y ellos se lanzan hoy a la aventura a veces desgastante de expresar audiovisualmente esta experiencia con los recursos que tienen a mano.

Como sociedad, no tenemos derecho a robarles el espacio y el sueño que les mueve a crear, a sentir y a expresar cosas humanas, trascendentes, vitales. Nos merecemos estar orgullosos de nuestros jóvenes, tanto de aquellos que pelearon por la patria en un momento difícil de la historia, como de estos que desean destacar mediante este y otros proyectos innovadores.

Ojalá consigan el éxito que esperan sin renunciar mínimamente a lo esencial, y den a Paraguay un motivo más de alegría, de confianza y hasta una suerte de cura espiritual que, en un proceso, irá sanando en esta generación esa herida histórica que nos tiene atados a un antiguo y ponzoñoso complejo de inferioridad, de pesimismo hacia lo que nosotros somos y hacemos, que nos achica el deseo y que hasta ahora empaña y aplasta muchas buenas iniciativas culturales.

Como sociedad –y atención que no digo Estado, sino comunidad–, nosotros mismos debemos despertar de este sueño anestesiado, pesado, denso que nos hace ser tan dependientes de las vilezas del poder, de la pereza o del desánimo, que nos vuelve cínicos, copiones, vulgares, intrascendentes.

Nuestra educación debe apuntar cada vez más a formar a los jóvenes en historia, en cultura general, en arte y en filosofía, debe afianzar sus valores, también debe darles herramientas tecnológicas adecuadas para que puedan de alguna manera acoplar nuestras raíces culturales tan profundas y auténticas a sus ímpetus de renovación y al florecimiento cultural contemporáneo, pero, sobre todo, nuestra educación tiene el desafío de generar una actitud proactiva, lúcida y optimista que permita emprender proyectos y producir obras relevantes con un sello nacional que valore y haga trascender lo que es el Paraguay, una tierra con tremendos desafíos y contrastes, pero también con grandes historias, donde habita mucha gente buena, leal, sacrificada e ingeniosa.

No es fácil pero es posible y vale la pena desplegar nuestras alas para dar también a esta generación motivaciones para alzar el vuelo y vivir a la altura de su humanidad.

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