“La corrupción es la polilla, la gangrena de un pueblo”, dijo unas cuantas semanas atrás el papa Francisco, en ocasión de su reciente e histórica visita al Paraguay. Nada, seguramente, grafica mejor lo que la venalidad representa en la vida de una nación. El latrocinio que los paraguayos hemos venido soportando a lo largo de las últimas décadas ha llegado a su clímax. Lo que acontece en la Universidad Nacional de Asunción (UNA) es la prueba fehaciente no solo de los límites hasta los que llega la corrupción, sino del profundo hastío que produce en quienes la padecen.
Pero, ¿cómo es posible que se haya demorado tanto tiempo en desmontar la oprobiosa arquitectura del robo y el abuso que estaba empotrada en la universidad más antigua de la República? Por una sencilla razón: ese sistema responde a un bien afinado mecanismo desde el que se nutre la vida misma de nuestra clase dirigente. Es la cultura del despojo elevada a la más alta categoría de política de Estado.
Mediante un esquema de padrinazgo y compadrazgo, a través del reparto de beneficios y canonjías entre todos los que tienen responsabilidad de gobierno y administración, Peralta logró conquistar las lealtades necesarias para hacer de la Facultad de Veterinaria, primero, y de la propia Universidad Nacional, después, el “amparo y reparo” del abuso de poder, del prebendarismo y del desvergonzado robo a los recursos de un pueblo esquilmado.
Peralta tejió una cadena de complicidades que le permitieron gozar de privilegios inconcebibles en el ámbito del mundo académico, así como repartirlos entre sus socios y amigos, parientes y favoritas. Si esto acontecía en el sector de quienes, por la naturaleza misma de su actividad intelectual, están llamados a ser el faro de la sociedad y “sacrificar la vida a la verdad (“vitam impendere vero”, como reza el propio lema de la UNA), ¿qué puede esperarse de otros sectores del país, como el mundo de la política, por ejemplo?
Todo esto evidencia que es mucho aún lo que debemos avanzar para acabar con el reino de la impunidad que impera en el Paraguay desde hace ya demasiado tiempo. El gran protagonista de este vuelco fueron una prensa libre y una juventud movilizada. Es necesario avanzar ahora sobre otros sectores de la sociedad para producir las transformaciones que el país requiere de manera perentoria para alcanzar su modernización.
La lección que nos deja el hoy ex rector de la UNA es que ya nadie en el Paraguay debería continuar creyéndose con el derecho de desafiar a un pueblo indignado, hastiado, asqueado por la corrupción; seguir abusando de una población que observa azorada cómo su dirigencia goza impúdicamente del dinero que le pertenece, mientras ella trabaja sacrificadamente para poder llevar a la mesa de los suyos el pan de cada día.