Opinión

Niños, no niñez

Carolina Cuenca

Por una cuestión ajena a la forma de encarar la realidad que tenemos los paraguayos, se puso de moda desde hace un tiempo, no sé por qué, en folletos y charlas, hablar de “la niñez”. Confunden una etapa de la vida con los protagonistas de ese periodo vital.

Por mi parte, hoy, un día especial porque celebramos el Día del Niño en Paraguay, rescato a las personitas de carne y hueso que conozco y que no, pero cuya existencia me alegra mucho.

Es tan irritante que para no llamarlos niño o niña les llamen “niñez”; es impersonal, vago y poco feliz, como ese famoso “el pueblo” de los que no tienen idea de lo que es vivir con gente de pueblo, o ese “los campesinos” de gente que ni sabe hablar en guaraní. ¿Qué saben algunos expertos de hoy de lo que es tratar con niños y niñas de carne hueso? ¡Se sorprenderían algunos de lo poco que crían los que hablan a boca llena de crianza y de lo poco que experimentan los que escriben a renglón batiente de experiencia!...

Y así nos va. Muchos intentan dirigir nuestro relacionamiento con los niños en abstracto, llevarnos tras utopías rosaditas y aburguesadas quienes a veces tienen pavor de la realidad.

Sin embargo, en la realidad está la verdad. Y lo cierto es que los niños son personas desde el mismo momento de su concepción y están heredando una sociedad muy contradictoria, superficial y hasta nociva. Ojalá y supiéramos redescubrir esa frescura, esa capacidad tan bella que tienen los niños de sorprenderse de lo que cada día acontece, de encontrarle la magia a eso que nosotros los adultos convertimos en rutina pesada. La mayoría de los niños que conozco son estrategas natos y son muy sensibles a la justicia, el ojo por ojo les cuadra superbién (pinchazo por pinchazo en la pelea y que nadie se exceda, aunque para ello haya que negociar media hora antes de la ejecución), pero sin el espíritu de venganza que aportamos los rencorosos adultos. ¡Cuántas mediaciones y arbitrajes infantiles espontáneos me han tocado observar! Los niños tienen sentido de la maravilla y son muy creativos y espontáneos, pero no les gusta que los traten como payasos, porque tienen sentido del ridículo y, por lo general, son muy pudorosos a la vez que libres. Algo que aprender de ellos, sin duda.

Cuando me encuentro con madres y padres preocupados por su educación, les hablo de dos cosas que aprendí, de la belleza y de la cruz. Sí, sonará raro, pero no tenemos derecho a negarles a los niños el contacto con la belleza (de la naturaleza, del calor humano de los hermanos y de los abuelos, de la amistad) y tampoco a robarles las dificultades propias de la vida. Se equivocan los padres que despojan de todo obstáculo la realidad de sus hijos, no los desafían, no los corrigen, no los dejan vivir cierta frustración. Ojo, no con ese estoicismo o moralismo cargoso de los espartanos o confucionistas, pero sí con esa combinación cultural tan rica que los occidentales heredamos de los atenienses y su razón, de los romanos y su ley, de los judeocristianos y su concepción de la dignidad y de la sacralidad del ser humano. Mi visión educativa es clásica, ni tradicionalista ni modernista porque sí.

Creo que los niños necesitan más que ninguna cosa nuestra amorosa libertad jugada en actos moralmente buenos, transformados en experiencias. Tener el coraje de señalarles un camino, de mostrarles una hipótesis de vida, como adultos interesados en su destino, como decía un gran pedagogo. No como monigotes de sus caprichos, ni tan indiferentes ante sus preguntas y sus dolores, ante sus anhelos. Muchas felicidades a quienes, con aciertos y yerros, optan en su crianza por el camino de la libertad, como camino de adhesión al bien. Felices los niños que tengan gente valiente a su alrededor, adultos que los dejen ser niños y que remen contracorriente para librarlos de ideologías dañinas que no respetan su naturaleza, así como del consumismo que anula su personalidad. ¡Feliz día!

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