16 abr. 2024

Ni una persona por perdida

En junio había entrevistado al ministro de Desarrollo Social del Uruguay, Martín Lema, quien estuvo por Asunción. De la conversación con este funcionario se me había quedado una frase que, según me aclaró, ellos la tienen como lema para orientar todas sus acciones. Esta es: “Ni una persona por perdida”.

La recordé a propósito de algunos hechos que me inquietan profundamente. No solo por los casos en sí mismos, sino por la tendencia de una gran mayoría a dar por perdidos o descartables a ciertas personas o sectores, y esto es lo más preocupante.

Lo más reciente es el caso de una mujer joven, adicta, de cuya existencia supimos a través de un video viralizado en el que a ella se la vea siendo golpeada primero por un hombre, luego por otro. Buscando conocer el contexto, reviso los comentarios de los internautas y encuentro que una mayoría avala el castigo a la joven, ya que es adicta, violenta y aseguran que, para adquirir la droga, asalta a los vecinos o ingresa a las casas para sustraer objetos que luego los vende. La consideran alguien que ya no tiene remedio. Como en el país no existen respuestas integrales para situaciones así, estamos ante un ser humano descartable.

Días antes, una ciudadana compartió en Twitter la desesperante experiencia nocturna que le tocó vivir cuando, pasada la medianoche, un niño se le acercó y le pidió que llamara al 147 para que lo lleven a algún refugio. La mujer intentó canalizar la situación por las vías institucionales. Hizo varias llamadas a fonoayuda 147, del Ministerio de la Niñez y la Adolescencia (Minna) y al 911. Fue en vano. En la primera línea de emergencia no pudo lograr la comunicación. En la segunda sí, pero le respondieron que no atendían casos así. El niño se dio cuenta de que no hallaría ayuda por esas vías y se alejó. Al día siguiente el viceministro del Minna explicó que la línea de emergencia 147 estuvo saturada y recomendó recurrir al 911. Indicó que la familia de ese niño fue excluida del Programa Abrazo por incumplimiento con la protección del chico. En otras palabras, todo mal para ese pequeño que a tan corta edad afronta la triste realidad de no tener una familia que le atienda sus necesidades básicas y tampoco la presencia subsidiaria del Estado. Frente a la Redacción del diario Última Hora, en pleno microcentro histórico de la capital paraguaya, se halla un edificio de unos cuatro niveles donde antes funcionaba una tienda de comestibles de la cooperativa policial. Está abandonado hace muchos años y en las últimas semanas comenzó a perder sus ventanales de vidrio. Consumidores de drogas empezaron a desmantelarlo para vender el cristal y chapas a fin de poder adquirir sus dosis de crack. Los policías de la zona ni se inmutan. Los transeúntes ocasionales simplemente los van esquivando.

Otro caso real: Unas cuatro niñas “rescatadas” de una situación de violación sexual a la que eran sometidas por tres adultos a cambio a ofrecerles cocido con galleta en un asentamiento en Caaguazú, que no están escolarizadas, fueron traídas hasta un albergue en Roque Alonso, luego de una intensa búsqueda de una institución de abrigo. Las nenas estaban reasustadas, fuera de su hábitat , poco contenidas y, según denunciaron tras escapar del albergue, allí también sufrieron maltratos.

En una esquina de la avenida Fernando de la Mora, Asunción, en uno de esos días frescos que tuvimos hace dos semanas, una adolescente indígena cargaba a su bebé que no paraba de llorar. Había un viento fuerte y muy fresco. El bebé estaba completamente desnudo. Tenía frío. Si todos asumiéramos el compromiso de no dar por perdida a ninguna persona y exigiéramos a las instituciones que actúen en consecuencia, el panorama podría ser menos cruel.

Urge cambiar la mirada para ver al ser humano y preocuparse del otro. Uruguay tiene la experticia; si hay voluntad, podríamos emular los programas y abordajes de su Ministerio de Desarrollo Social e intentar que ni una persona se dé por perdida en el Paraguay.

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